Mi confidente

No sé por qué mi madre decidió ponernos a las dos niñas en el colegio de las Esclavas; entonces era de pago y en mi casa andábamos justitos. Entré a los 4 años y salí a los 18, tengo mucho, muchísimo, que agradecer en todos los sentidos a las Esclavas que traté durante todos esos años, pero la verdad es que no me hice Esclava por la influencia de ninguna de ellas, aunque, por supuesto, de todo se valió el Señor para traerme a donde Él quería.

Mi relación con el Señor comenzó y creció, y de esto no me dí cuenta hasta muchos años después -¡tan tarda como siempre para ciertas cosas!-, a los pies del Sagrario de la iglesia del colegio de Sevilla. Durante los recreos del mediodía, especialmente, me sentía atraída a sentarme allí en la alfombra, a sus pies y a hablar con Él de corazón a corazón. Así Él se fue haciendo mi confidente, el único a quien yo sentía se lo podía contar todo y en quien podía confiar, de quien me podía fiar.  

Estando ya en 6º del Bachillerato antiguo, por el año 1960 o 61, fue en un retiro que tuvimos en el cole, donde sentí la llamada de Jesús claramente. Recuerdo que escribí lo que entendí y sentía en ese momento en uno de esos cuadernos de pastas blandas plastificadas de cuadritos que vendían en la tienda de detrás del camarín, el mío era de cuadritos verdes. Jesús me removió entera y me invitó a seguirle por el mundo sirviendo y construyendo fraternidad, como Él lo hizo. Yo sentí arder mi corazón y le dije que sí.

Por eso digo siempre que mi vocación fue misionera desde el comienzo. Bajo la dirección del P. Guerrero, SJ, empecé a buscar Congregaciones misioneras; él me dio un libro donde estaban las fotos, la explicación del carisma, la misión… creo que de todas las Congregaciones existentes entonces en España, libro que me leía por las noches y a escondidas, como podéis suponer. Pero por más que buscaba y consultaba, yo no me sentía movida a pedir entrar en ninguna de ellas. Solo me sentía en casa con las Esclavas. Aun sin tenerlo tan claro, creo que la acogida y el amor personal que Jesús me había hecho experimentar, y su presencia en la Eucaristía era lo que más tiraba de mí, y esto lo había experimentado en el colegio, con las Esclavas.

Y así pedí entrar en la Congregación, donde desde el principio me dejaron bien claro que no podía entrar con la condición de que me mandarían a misiones; pero yo me sentí en paz y lo dejé en manos de Dios, si Él quería ya se las arreglaría.

Entré como postulante el 5 de agosto de 1965. No tengo palabras para expresar mi agradecimiento a Dios y a la Congregación por su paciencia para conmigo, débil, incongruente tantísimas veces… una historia de altos y bajos, de la que Dios ha ido haciendo Historia de Salvación. Profesé como Esclava hace 43 años, pero esto de ser, o mejor dicho, de irse haciendo Esclava del Divino Corazón es cosa de cada día.

Y en estas ando, con la ayuda de Jesús, el Siervo, María, la primera Esclava, Marcelo, Celia y todas las Esclavas que me han precedido.

Al amor más sincero
al Amor sin fronteras,
al Amor que dio su vida por amor
encontré un día cualquiera...
...y a ese Amor tan sincero,
a ese Amor sin fronteras,
a ese Amor que dio su vida por amor
le entregué mi vida entera.

Y todo ha sido y es obra suya.

Rosario Delgado, A.D.C.



 
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