Todos llevamos un Juan Salvador Gaviota dentro

¿Y quién es éste? Dirán algunos… pues uno que también quería encontrar cuál iba a ser su vuelo… (Parábola de unas alas. De Emilio Mazariegos)

¿Por qué soy Esclava del Divino Corazón?... Una pregunta a la vez fácil y difícil del contestar.

Fácil, porque hay un solo motivo real y es que el Señor lo ha querido desde siempre, me lo hizo ver y yo acepté su propuesta. Así de simple.

Difícil, porque no es fácil de entender esto ¿no? Porque siempre que hablamos del destino de una vida topamos con el misterio. Las preguntas que me hacen normalmente los alumnos y gente conocida son algo así como éstas: “¿Y cómo supiste lo que quería Dios? ¿No pensaste alguna vez que te podías equivocar?”

¡Hombre pues claro que me podía equivocar! Pero hay que lanzarse… aunque no de repente, así, sin pensarlo. Verás, es que el Señor sabe cómo hacer las cosas. Conmigo reconozco que lo hizo muy bien. Se me fue presentando con lo mejor de la vida. En aquellos momentos de los 13, 14 años, en la ilusión y en la alegría de los sencillo, en la Naturaleza con las marchas montañeras, la convivencia con los amigos, en el baloncesto y todo lo que fuera pasarlo bien. Yo disfrutaba mucho (y sigo disfrutando) en los campamentos, encuentros, acampadas…

 

En esas experiencias me iba conociendo más por dentro, las reflexiones en grupo y, sobre todo, los encuentros con el Señor en la oración, fueron haciendo que esa relación con “el Amigo” fuera más profunda e íntima. Y es que Él se me hacía más presente sobre todo en el encuentro con las personas. Primero el ver la alegría y la entrega incondicional de las Esclavas del Colegio de aquel entonces, de Sevilla, donde estudiaba, esa cercanía con nosotros, las niñas y adolescentes. Esto me hizo preguntarme en ese tiempo: ¿Me estará llamando el Señor a ser Esclava? No era yo sola, que recuerdo a amigas que se hacían la misma pregunta. Y es que a las Hermanas se las veía felices. Pero no era fácil descubrir si aquello era algo que tú te inventabas porque te contagiaba o de verdad es que era la vida que “el Jefe” deseaba para ti.

Tres cosas que me ayudaron mucho a mí a ir descubriendo la respuesta fueron: escribir un diario por las noches “a mí amigo Jesús”, VIVIR LA VIDA INTENSAMENTE, sacándole todo el jugo a todo lo que estaba viviendo, en profundidad, no quedándome en lo anecdótico o la superficie y, luego, compartir mis experiencias con alguien que pudiera ayudarme y orientarme: una esclava, y también con mis amigas. En esa edad adolescente es lo más bonito poder compartir y sentirte escuchada y comprendida por gente de tu edad que, además tuve la gran suerte de que tenían las mismas inquietudes que yo. Nunca agradeceré lo suficiente al Señor la experiencia de la amistad, ¡qué verdad es que es un auténtico tesoro!.

Bueno, no todo eran alegrías, que en los momentos de dificultades de esos 15 – 18 años también notaba que el Señor me hablaba. En la incomprensión de sentirte a veces “diferente” porque mucha gente pasaba de esas cosas, en la soledad (con la que todo el mundo topa sin más remedio), Él era mi gran apoyo y compañía. También lo veía en aquellas niñas cuando íbamos con el grupo montañero a la Casa del Niño Jesús o luego a las Colonias. Lo que disfrutaban tan fácilmente después de esos problemas que te contaban que vivían en sus cortas vidas. O luego en la vida diaria cuando alguna compañera de clase te pedía ayuda con las mates o con el baloncesto entrenando a las niñas, o dando Confirmación el último año… Descubría entonces cómo me llenaba eso de ayudar, enseñar… ¿sería esa mi vocación: educar a niños, transmitir a otros no sólo conocimientos sino enseñar a vivir y lo más bonito: llegar a descubrir y experimentar cuánto nos quiere Dios y cómo esto nos hace felices de verdad…?

No faltaron los momentos de duda “esto se puede hacer también fuera” con la vida que llevaba, siendo catequista laica, profe. La pregunta clara y directa de entonces era ¿Dónde y cómo podré servir yo más y mejor a los demás en la vida? Creo que ésta es la clave que ha de resolver todo aquel que quiere hacer este mundo un poco mejor y se lo plantea “en cristiano”. Todos queremos encontrar nuestro vuelo, todos llevamos un Juan Salvador Gaviota dentro, en el Yo más profundo de cada uno. Allí donde sólo se oye la voz de Dios. De muchas maneras la puede uno responder, pero si le dejaba a Él, estaba claro que tenía la suya, la que me haría más feliz y no era más que ME QUERÍA PARA ÉL. Ante esa respuesta… ¿quién le dice que no?

Y le sigo dando las gracias a Dios y a tanta gente (familia, esclavas, amigos/as, alumn@s, spínolas y tantos que no lo saben…) que me ayudan a seguir levantando mis alas…

Una Esclava del Divino Corazón… Mª Carmen

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