Contemplación de la cena con los pecadores (Tercera parte)

“Este cuadro se trata de un mural pintado para una iglesia de un barrio de Roma, con personajes del barrio. Vienen representados: un judío con el manto de oración; una prostituta procedente del sudeste de Asia; una vieja del asilo; un payaso; un intelectualillo; una mujer rica; y un refugiado político o hambriento de África. La escena se desarrolla en un interior, en torno a una mesa. Parece que comparten pan y vino y todos reciben estos alimentos de un personaje de espaldas a nosotros; o mejor, que está con el espectador, del cual sólo se ven sus manos abiertas y se sabe de su presencia por sus palabras y gestos, pues todos los comensales se vuelven hacia él para escucharle y recibir el vino y el pan. La habitación parece pobre, oscura, en un mugriento color marrón. Una puerta a la derecha deja ver al fondo la ciudad. En la penumbra de la habitación destaca el color blanco del mantel de la mesa; de ese color emana la luz que destaca los variopintos vestidos de los personajes, en colores intensos: azul, rojo; del color de su piel y de los cabellos femeninos. La disposición en torno a la mesa construye una estructura compositiva circular: un óvalo que fuga hacia el espectador, por la disposición del personaje "sin rostro" hacia el que se dirigen las miradas. Esta estructura circular, abierta, y los colores del mantel y de los vestidos dan calor humano, encuentro; aumentado por el tema de una comida en común. Es curioso que en la mesa estén sentados hombres y mujeres de distintas razas, edad, religión, posición social, etc.
 
¿Qué nos querrá decir?

El estilo de Sieger Köder es expresionista, caracteriza a los personajes exagerando sus rasgos de manera que parecen caricaturas. Con ello expresa de una manera muy evidente el carácter, la psicología de los personajes.
 
Los símbolos son muy ricos: una mesa, una comida, un grupo, la disparidad de comensales, el alimento que comparten (pan y vino)... Pero sobre todo, la disposición del personaje "invisible": el hecho de que sólo se le vea las manos, su lugar en la mesa y en la composición, del lado del observador.
 
Los personajes
 
Estando sentado a la mesa con sus discípulos, Jesús tomo el pan, y bendijo, y lo partió, y lo dio a sus discípulos diciendo: Tomad, comed, esto es mi cuerpo. Y tomando el cáliz y dando gracias, se lo dio, diciendo: Bebed de él todos; porque esto es mi sangre, sangre de la nueva alianza, que será derramada por muchos para remisión de los pecados.
 
El personaje invisible
 
Jesús sabía que iba a morir. Sus horas estaban contadas. Hacía falta ser un estúpido para pensar lo contrario: sus enemigos, a esa hora, tenían perfectamente planeada su muerte.

Aterrado, muerto de miedo, ¿qué creéis que hizo?, ¿huir? No. Se reunió con sus amigos más íntimos a celebrar la Pascua. Pero al llegar el momento de la bendición del pan y del vino, Jesús hizo algo insólito y descaradamente provocador. Partió el pan, lo bendijo y se lo repartió diciendo que era su cuerpo. Y lo mismo hizo con el vino. En vez de huir, les estaba diciendo a sus amigos cómo tenían que entender lo que iba a pasar al día siguiente. En el fondo les estaba diciendo: “voy a morir, y lo acepto libremente. Pero fijaos, yo soy como este pan y este vino. Mi muerte tendrá sentido, porque es la única manera de convertirse en pan para saciar vuestra sed, y en vino para daros alegría. Ojalá todo el que me siga sea así: como el pan y como el vino que se reparten para que otros se sacien. Con aquel sencillo gesto les estaba entregando toda su vida.

Aquella noche fue inolvidable para todos ellos. De repente, comiendo el pan y bebiendo el vino que Jesús les ofrecía, todos se sintieron felices de estar juntos. Bendijeron a Dios por haberles dado amigos así. Las diferencias de carácter o de mentalidad ya no contaban: se amaban entre ellos, y eso era suficiente. De repente se dieron cuenta que, en torno a Jesús, habían logrado construir un pequeño mundo nuevo, el Reino de Dios aquí en la tierra.

Con aquel gesto, Jesús les indicaba cómo se puede construir un mundo nuevo: cada vez que uno se convierte en pan y se entrega a otro, crea comunidad. El cielo será como una gran mesa en la que se sentarán todas las víctimas y todos los pobres y comerán hasta saciarse.

El hecho de que no se vea nada más que las manos de Jesús, da más fuerza al símbolo del pan y del vino. Nosotros no vemos ni tocamos a Jesús físicamente, en persona. Pero eso no quiere decir que no esté ahí, en el pan y el vino. Él está ahí. Ha querido quedarse con nosotros en torno a una mesa y nos invita a comer su cuerpo y beber su sangre, para que nosotros también podamos invitar a los que lo necesiten. Pan y vino, son Cristo mismo para nosotros. Cada vez que lo comemos y lo bebemos nos entran ganas de construir un mundo mejor.

Siéntate a la mesa

El autor ha renunciado a pintar a Jesús precisamente para meternos a nosotros, espectadores, en el cuadro. En realidad, lo que quiere provocar es que nosotros veamos las cosas como las ve Cristo. Es más, quiere hacernos sentir lo mismo que siente Cristo.

Ponte en su lugar, coge el pan y el vino. Mira a los ojos a estos personajes que están esperando tus palabras. ¿Qué les dirías? Pronuncia las palabras de Jesús: Tomad mi cuerpo, ¿estarías dispuesto/a a entregar tu cuerpo por alguien que lo necesite?, ¿por quién? Levanta el cáliz y di: “Tomad y bebed de mi sangre que será derramada por vosotros”. ¿Estarías dispuesto a derramar tu sangre, a comprometerte hasta tener problemas?

Contempla despacio el cuadro y medita. Deja que te hable al corazón. Apunta todos tus sentimientos e ideas.