"El que me coma vivirá por mí"

Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo. Discutían entre sí los judíos y decían: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne. Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre. (Jn. 6, 51-58)

Espera Jesucristo en la Eucaristía; esta es su actitud; no se mueve, permanece quieto, más no como el que reposa o duerme. La Eucaristía, en efecto, no es el lecho del Divino Salvador de los hombres; sino como el que aguarda, y aguarda a modo de Rey que se sienta en esplendoroso trono.  Sí, no hay duda, Jesucristo está en la Eucaristía como en todas partes. Desde allí, desde el tabernáculo, manda a las estrellas y a los mares y a los ríos; desencadenas las tempestades o las sujeta; hace brotar las flores o las marchita; envía sus ángeles a donde le place o los llama para que comparezcan en su presencia, y la creación entera le aclama su rey. Si tuviéramos oídos bastante delicados para escuchar la palabra de los seres creados, quedaríamos gozosamente sorprendidos, entendiendo las melodías suavísimas con que todos alaban y bendicen a Jesús Eucaristía.

Pero este Jesús mora en el sagrario por nosotros: ha bajado a la tierra para visitar a su pueblo que Él mismo se ha formado, es decir, la Santa Iglesia, y del que somos parte cuantos nos enorgullecemos justamente con el nombre de Católicos.

Nosotros pues, más que las otras criaturas, tenemos obligación de correr al palacio donde nuestro Soberano se hospeda, para postrarnos a sus pies, mostrarle nuestro respeto y tributarle rendidas adoraciones.

Pero ¿hacemos esto? ¿Lo hemos hecho hasta el presente?. ¡Oh Jesús mío! Perdonad mis desacatos; avivad mi fe, haced que se penetre mi corazón de sentimientos de veneración profunda.

Si tuviéramos fe viva, como algunos santos la tuvieron, oiríamos los suspiros de Cristo en el tabernáculo. ¡Oh vosotros los que pasáis por estos caminos, junto a los cuales he levantado yo mi pabellón y plantado mi tienda; deteneos un poco y mirad si hay dolor como mi dolor! He amado hasta donde nadie amó jamás; he hecho por mis hijos lo que ellos jamás se atreverían a pedirme; he bajado al desierto por el que peregrinan, y entre sus tabernáculos, he puesto mi tabernáculo. Pero ¿dónde están mis hijos? Distraídos, ocupados en sus negocios, ocupados hasta en obras de caridad, se olvidan de que no hay caridad más meritoria, más importante y aun de resultados más trascendentales para el que la cumple y para sus hermanos, que consolarme a mí, cuando gimo en la Sagrada Eucaristía.

(Med. pág96-99)