"Tu fe te ha salvado"

Mientras él les decía estas cosas, vino un hombre principal y se postró ante él, diciendo: Mi hija acaba de morir; mas ven y pon tu mano sobre ella, y vivirá. Y se levantó Jesús, y le siguió con sus discípulos. He aquí una mujer enferma de flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto; porque decía dentro de sí: Con solamente tocar su manto, quedaré sana. Pero Jesús, volviéndose y mirándola, dijo: Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado. Y la mujer quedó curada desde aquella hora. Al entrar Jesús en la casa del principal, viendo a los que tocaban flautas, y la gente que hacía alboroto, les dijo: Apartaos, porque la niña no está muerta, sino duerme. Y se burlaban de él. Pero cuando la gente fue echada fuera, entró, y tomó de la mano a la niña, y ella se levantó. Y se difundió la fama de esto por toda aquella tierra. (Mt. 9, 18-26)

Hay males espirituales, hay enfermedades del alma que son incurables; por tal debe reputarse la tibieza, que enerva el alma, la adormece y la hace insensible. Por tal debe también reputarse el pecado, la obstinación en el vicio, que endurece la conciencia, la encallece, haciéndola insensible a los remordimientos. Por mal irremediable debe reputarse también el estado de los que se han olvidado de Dios, que le han vuelto la espalda, y le han abandonado.

He aquí tres males que solemos padecer, y tres males incurables. Y ¿qué hacer en tan triste situación? ¿Acaso entregarnos a la desesperación y al desaliento? No, no; que para estos males hay remedio, porque tenemos a Cristo. No importa que padezcamos la enfermedad incurable de la tibieza, y que nos hallemos en un estado de postración semejante al de un paralítico; no importa que hayamos pecado mucho, que le hayamos vuelto la espalda a nuestra Padre Celestial, que nuestra alma encallecida por el vicio, no sienta el aguijón del remordimiento; no importa tampoco que la sociedad haya tornado la espalda a Dios y se haya declarado su enemiga; no importa nada de esto, con tal que a Cristo vayamos con confianza, nuestros males desaparecerán. ¿No lo veis cómo atiende a la súplica de Jairo, y cómo abandona aquel lugar para ir a resucitar a aquella, a quien la muerte acaba de cortar el hilo de la vida? Es que Jairo se ha acercado a Cristo con confianza, y Cristo nada puede rehusar a una confianza llena de fe. Y lo mismo hace con aquélla desdichada mujer, que tanto tiempo venía padeciendo grave dolencia. “Con tal que logre tocar la orla de su vestidura, quedaré sana”, se dice para sí la mujer; y su esperanza en Cristo, es recompensada, porque al instante le es devuelta la salud. Así nosotros, no importa que seamos unos miserables, no importa que hayamos pecado mucho; si a Cristo nos acercamos confiadamente; Cristo nos perdonará, y los que ayer éramos tal vez piedra de escándalo para nuestros hermanos, seremos motivo de edificación; y los que acaso éramos justos, nos tornaremos más justos aún. No, no desconfíe ninguno de Cristo. ¿No le veis cómo su semblante respira dulzura y bondad? ¿No le veis dispuesto a la misericordia? ¿No le veis cómo se inclina hacia nosotros, y parece repetir aquellas palabras que en otro tiempo dijo: “Venid a mí todos los que os halláis enfermos y trabajados que yo os aliviaré”? Pues, acudamos a Él con confianza.
(Pláticas III, pág. 148)