¿Por qué soy Esclava y Misionera?

Si hoy soy Esclava no ha sido por propia iniciativa, sino porque el Señor me escogió desde toda una eternidad para ser Esclava de su Corazón y misionera en Oriente.

Nací en Oviedo (Asturias) en diciembre de 1934, en plena revolución marxista - que empezó con el alzamiento de los mineros asturianos -  y que  llevó  a España a una guerra civil de tres años.

Oviedo era, pues, “zona roja” y estaba sitiada. Por zonas, se les había indicado a todos los ciudadanos los sótanos a donde se tenían que refugiar cuando sonasen las sirenas anunciando que se acercaban los aviones “nacionales” a bombardear la ciudad. Dichos sótanos solían ser en Bancos, comercios, almacenes y casas particulares que los tenían. Un buen día, muy de mañana - como en otros muchos días de guerra - empezaron a sonar las sirenas. Al oírlas la gente corría  despavorida - como de costumbre- a los refugios que se les había asignado para esos casos.

Aquella mañana había entra los refugiados una señora muy joven embarazada de seis meses que esperaba con ilusión su primer hijo.  La pobre señora con el miedo y el nerviosismo natural que todo el mundo tenía, y el estado avanzado de su embarazo, al llegar al refugio tuvo un aborto natural. Fue providencial que entre los refugiados hubiese un médico  que acudió para ayudar; asistió a la señora y puso en un recipiente la placenta que la señora había expulsado - sin abrir y con el feto dentro – que él  creía muerto.  Después de esto, tanto el médico  como los familiares y vecinos, procuraban consolarla por de pérdida del bebé, y calmarla pues el bombardeo se oía fuertemente al temblar el suelo del sótano cuando las bombas caían cerca. De pronto alguien notó  que dentro de la  pla-centa había un leve movimiento. El médico se acercó, la cortó y apareció una niña diminuta con el corazón latiendo. Unos leves golpes en la espalda, desataron los pulmones, y la criatura empezó a llorar con un leve chillido. ¡Pesaba 750 gramos, estaba completa, y dicen que era preciosa! ¡Esa señora era mi madre; la criatura era yo!

¿Cómo la neonata sobrevivió los cuatro primeros meses sin una incubadora? solo se explica si creemos que  Dios decretó que debía de vivir pues la había elegido para Él desde toda la eternidad, como dije arriba. Pusieron a la niña en una caja de zapatos, que enguataron con algodón y pañuelos de caballero que, por estar usados, eran muy finos y no le dañarían la piel del bebé que era muy sutil todavía. Después  colocaron esa caja en otra más grande de madera rodeada de botellas de agua caliente, y la taparon con un cristal grande para que se conservara el calor. Durante tres meses largos los miembros de la familia se estuvieron turnando para calentar el agua y remplazar las botellas que se iban enfriando. Tampoco la podían vestir pues no había ropa de ese tamaño y era difícil de manejar. La envolvían sencillamente en un pañuelo fino y después  la arropaban en telas de bufandas. ¡Qué milagros tan dulces hace el ingenio y el cariño!

Mi madre, como es natural, no tenía leche; y también fue providencial que su hermana Vicenta hubiese dado a luz a una hermosa niña tres meses antes, y además que, a causa de la guerra la familia se hubiese trasladado a la casa de mi abuela. Fue, pues, mi tía la que me crio durante casi dos años;  pero fue con mucha dificultad y dolor  los tres primeros meses de la lactancia.

Después del inverosímil primer año de mi vida, el resto de mi  infancia transcurrió,  como la de la de cualquier otra niña,  en un hogar unido y rodeada de cariño. Cuando tenía 10 años mis padres se trasladaron a Sevilla  donde a mi padre le habían ofrecido un buen trabajo como gerente del Hotel Cristina en aquella ciudad. Una vez, instalada la familia en Sevilla mi padre quería matricularme en las Religiosas Irlandesas, con el deseo que aprendiese inglés; pero ya no había plaza ya que el curso estaba a punto de comenzar. Recurrió después al Colegio de Valle (RR del Sagrado Corazón) que tampoco me admitieron por las mismas razones. Entonces, con una recomendación especial de una familia conocida de mi padre fui aceptada en el Colegio  de las Esclavas de la calle Jesús 18.  ¡Quien me iba a decir a mí en aquel momento, que precisamente una religiosa esclava, sobrina de ese conocido, sería la  que iba a acompañar mi vocación incipiente desde el tercer año de bachillerato!

En los primeros años del colegio fui conociendo al Señor y, en cierto modo, enamorándome de Él. Leyendo historias de misioneros, especialmente San Francisco Javier,  se fue despertando en mí la vocación a misiones; a los 15 años ya no dudaba, ¡quería ser misionera! Además aquella  era una época que la Iglesia Universal estaba  abierta y volcada totalmente  a Misiones. Me puse en contacto con las Franciscanas Misioneras de María que venían frecuentemente a Sevilla a charlas misioneras. Se hospedaban en las Clarisas, y al medio día comían en la sala de nuestra casa de la calle de Jesús donde yo las conocí y hablaba con ellas. Pero, mientras el tiempo pasaba, también iba conociendo con más profundidad el carisma de la Congregación. Quería ser misionera y me gustaban las Franciscanas Misioneras; pero por otro lado, me atraía cada vez más el carisma contemplativo, eucarístico y mariano de la Congregación  y la sencillez y cercanía de las monjas. Es por eso por lo que sacrifiqué la vocación a una Congregación puramente misionera por el carisma de Marcelo Spínola.

Al cumplir los 17 años, y a punto de dejar el Colegio, le dije a mi padre que quería ser Esclava y empezar el Postulantado. Éste se opuso rotundamente a esa “loca idea”;  y, con la esperanza de que se me quitara la vocación de la cabeza, me mandaron un año a Inglaterra a estudiar inglés en el Colegio-residencia que las R.R.  Irlandesas tenían en Londres.   

Al volver a los 18 años, fue mi “puesta de largo”.  Durante la fiesta, y después de ella, ese mundo exterior de bienestar y libertad, que había empezado a descubrir en Inglaterra, me fue atrayendo más y más, y paulatinamente mi vocación se fue desdibujando. Entonces empecé a pensar en lo que yo - en mi ignorancia -  creía entonces que era “una forma más realista” de pensar. Soñaba en casarme y formar una familia; los pretendientes se presentaron para estropear los planes de Dios… ¿Qué había de malo en casarse si iba a formar una familia cristiana? Poco a poco me fui apartando de la vida de piedad que había vivido en años anteriores y alejándome de los sacramentos; ahora no dudo que eso era porque, inconscientemente, me daba miedo encontrarme con Dios y oír su voz.  

Lo que sí recuerdo muy vivamente es que durante todo el periodo de los 19 y 20 años  siempre que volvía a casa de noche de alguna fiesta - donde lo había pasado muy bien - y me quitaba las “galas” y las joyas, sentía un gran vacío y mucha insatisfacción. ¿Qué era aquello? - me preguntaba sin querer oír la respuesta…
Así se siguieron dos años… Madre Agnus Dei, que había acompañado mi vocación desde que tenía 14 años hasta que me fui a Inglaterra, sabia de mis “andadas frívolas” por mis tres hermanas menores que estaban todavía en el Colegio. Más de una vez me envió por ellas una notita, invitándome, no a ir a verla a ella, sino a hacer una visita a la Virgen y al Sagrario, y diciéndome que estaba pidiendo mucho por mí.  Nunca le contesté. ¿Para qué ir a verla e ir al Colegio si no tenía vocación? Los meses seguían pasado; fueron muchos.

Un buen día a primeros de diciembre, me llegó otra notita de ella invitándome “a asistir a la Novena de la Inmaculada por amor la Virgen. No necesitaba verla a ella, sino entrar directa-mente por la Iglesia”.

Y Dios, siempre fiel a sus promesas, tenía todo sabiamente preparado para hacerme caer del caballo muy pronto. Por supuesto, no fui a la novena y ni me pasó por la cabeza ir. Pero precisamente el día 6 de diciembre de aquel año 1955,  yo cumplía 21 años - mi mayoría de edad. No sé por qué - aunque Dios lo sabía muy bien - me sentí movida a asistir a la novena ese día, algo me empujaba por dentro. Debía de ir, pero más para pedir la bendición de la Virgen en esa fecha tan especial en que empezaba una nueva etapa de mi vida como mujer adulta, que para encontrar la luz que tanto estaba necesitando. Entré, pues,  directamente a la Iglesia y me arrodillé en el ultimo banco. La novena y el sermón se siguieron y nada especial pasó por mí. Sí sentía una sequedad interior muy grande. Al final del ofrecimiento de las velas se tenía la bendición con el Santísimo, se cantaba el Himno del Colegio y con eso se daba por terminada la ceremonia.

Fue durante la bendición del Santísimo cuando, de pronto, Cristo me inundó con su amor de una manera inexplicable…y empecé a llorar suavemente (sin que nadie lo notase). Sentí muy claro que solo Dios podía colmar plenamente todo aquello que mi corazón y mi alma estaba buscando en medio de superficialidad. ¡Tenía que ser de Él para siempre! Al terminar la novena volví a casa sintiéndome otra persona por dentro. ¿Qué me había pasado? o ¿qué me estaba pasando? No entendía nada; ¿Estaría soñando? Esas preguntas solo Dios las podía contestar.

Al llegar a casa mi padre estaba en el despacho y fui, como de costumbre, a darle un beso. Me miró fijamente (¿vería algo en mi?); y de pronto me oí a mi misma decirle: “Papá, hoy cumplo veintiún años y soy mayor de edad. Quiéraselo o no, la semana que viene, el día 12, quiero irme al Noviciado”. ¡La que se armó! Se levantó  muy enfadado y dijo, “¡Eso nunca!” La cena que se siguió momentos después, fue como un duelo. Mi padre muy serio, mi madre se secaba las lágrimas; y todos, en un silencio sepulcral, tratábamos de tragar la comida que teníamos delante.

Ya de noche, cuando ya me iba a acostar, mi madre - que siempre fue muy religiosa - entró en mi cuartoy me dijo: “Hija, estoy muy contenta que Dios te haya elegido para Él; tienes mi bendición, pero no puedo contradecir a tu padre por amor a la paz de esta casa”. Y así era; nadie podía contradecir a “don Francisco”. Yo me inclino a pensar que mi padre, siendo un hombre muy recto y consecuente, no quería que nos “malcriásemos” con la vida de abundancia y de confort que llevábamos cuando él tantas penurias y hambre había pasado de niño.

Al día siguiente, cuando mis hermanas llegaron por la mañana al Colegio fueron a buscar a Madre Agnus Dei para decirle lo que había pasado en mi casa la noche anterior; ésta ni se lo podía creer…

Dos horas más tarde, aparecí yo por el Colegio y llorando de alegría – y con un gran sentido de gratitud y de plenitud interior - le conté lo que el Señor había hecho conmigo durante la novena. Pero, sin el permiso de mi padre - pues tendría que escaparme de casa -  Y el día 12, unos días después de mi “conversión”, salí muy temprano de casa con un bolso grande con lo indispensable para mis necesidades personales. Tres de mis mejores amigas, que sabían de mis fervores “vocativos” de años anteriores, y con quienes me había puesto en contacto unos días antes, me esperaban en el portal para acompañarme al Colegio y seguir conmigo hasta Sanlúcar.

¿Qué decir de los primeros días en la Casa de mi Señor, y los que se siguieron llenos de la alegría de Navidad y Año Nuevo? Me admira - y me confundió mucho durante los primeros años de mi Vida religiosa - cómo pude vivir esos días tan feliz, pero tan insensible, al sufrimiento de mis padres y, en cierto modo, de mis hermanos en esos días navideños de familia tan entrañables. En aquel entonces a nadie podía preguntar eso; pero años después comprendí que  fue porque el Señor, al “tirarme del caballo”, hizo conmigo como había hecho con Pablo de Tarso, me dejó ciega a todo lo que era carne y sangre para que me concentrase en Él y sus dones; y entre ellos el más preciado de todos: mi vocación religiosa y misionera. Desde entonces no tuve jamás duda sobre mi vocación. Estaba donde tenía y debía de estar.

Recuerdo el sufrimiento que supusieron para mí las ocho visitas que tuve de mi familia durante el Noviciado (eran cada tres meses). Mi padre venia como una malva, lleno de cariño y también de promesas de darme lo que yo quisiera a cambio que me volviese con ellos a casa. Pero nada surtió efecto para convencerme. Yo estaba en la roca que es mi Dios y nadie podía moverme de ella.

Se siguieron los años de votos temporales y mi padre iba perdiendo la esperanza de que algún día volviese a casa. Pero Dios le “dio la puntilla de gracia” en la homilía de la misa de mis votos perpetuos. El P. Laraña SJ, al terminar de hablarnos a las cuatro que hacíamos los votos, perpetuos, se dirigió a nuestros padres con estas palabras:

“Padres de estas religiosas, hoy debe ser también para vosotros un día de felicidad y  de acción de gracias; porque si Dios prometió una recompensa al que diese un vaso de agua en su nombre, ¿qué os dará a vosotros, padres de estas religiosas,  que le habéis dado muchísimo más que un vaso de agua, sino que le habéis dado a vuestra propia hija?

Después de la Misa mi padre me abrazó con lagrimas en los ojos y me dijo emocionado: “Hija mía, hoy  te entrego a Dios de todo corazón”. ¡Ese fue el mejor regalo que de él recibí en toda mi vida!

Y esas palabras suyas tuvieron nuevamente eco pasados más de 40 años desde aquel día. Hacia el final de su vida (tendría sobre 87 años y murió a los 92), en una de las veces que fui a visitar a mi familia desde Filipinas me dijo: “No sabes hija, cómo me alegro de que hayas sido tan testadura y seguido tu vocación a toda costa. Ya no tengo miedo a la muerte porque cuando me encuentre con el Señor le voy a presentar tu carnet de identidad”. A lo que yo contesté sonriéndole: “No papá, no presentes mi carnet  pues vas a salir perdiendo; preséntale el tuyo pues le has dado a Dios mucho más que yo; le has dado a tu propia hija”.

¿Qué más puedo pedir a Dios en la vida por todo lo que me ha dado? “Alzaré el cáliz de salvación e invocaré su nombre.” Amen

Mi vocación misionera merece una mención especial llena de gratitud pues las promesas de Dios han desbordado todas mis expectativas. Fue el broche de oro que, a mis 33 años cerraba una etapa fundamental de mi vida como Esclava educadora para abrir otra: Esclava misionera. Y el día 29 de junio de 1968 a las 18:00 horas aterricé, junto con H. Rosario Millán, en Manila (Filipinas). Luz Romero se nos uniría al mes siguiente. 

Después de 7 años de trabajo gozoso en esas Islas, tuvimos que cerrar aquella querida misión, para ir a reforzar la Provincia de Brasil, conforme lo pedía en aquel tiempo la estructuración de la Congregación que había perdido muchas religiosas deslumbradas por la  equivocada “renovación” de la Vida Consagrada.  En aquel entonces éramos en Filipinas  ocho Esclavas españolas, una profesa filipina (Nilda) y una Postulante (Rosalinda); la espirante, Bonie, que era y muy joven, se quedó en su tierra discerniendo mejor su vocación.  Y así fue como seis de nosotras fuimos a Brasil, mientras que Rosario Delgado fue destinada a Japón.

A los dos años de estar en Brasil, y feliz en aquella tierra, una llamada de la Superiora General cambió nuevamente el rumbo de mi vida. Iba a ser destinada a Japón porque aquella Provincia quería ‘refundar” Filipinas; y pesaban en mí y en Rosario Delgado para dicha fundación, ya que conocíamos el idioma y la cultura.

Y fue por eso, por lo que el día 23 de enero de 1978 aterricé en Tokyo. ¡Mi soñada misión desde los 15 años! Dios fue realmente súper-fiel a sus promesas. Y mi vocación misionera - sacrificada entonces a cambio del carisma Spínola - se me ofrecía ahora en bandeja de plata. Parafraseando al Arzobispo Spínola, puedo decir que “Japón fue mi Tabor”. Pasé allí cinco años preciosos en medio de un pueblo que no conocía a Cristo pero que, en cierto modo, tenía muchos de sus valores: sentido religioso, profundidad interior, rectitud, honestidad, solidaridad, responsabilidad, delicadeza en el trato y sentido de comunión. Valores que ahora parecen se van difuminando a causa de la modernización.

Y mi última escala misionera seria nuevamente Filipinas. A donde fui destinada para hacerme cargo de la formación, pues empezaban a despuntar vocaciones. Y aquí estoy en esta deliciosa viña del Señor desde abril de 1983.

No se me oculta que una vida, tan larga como la mía, da para muchas experiencias. Por eso, entrelazados con muchos gozos íntimos, ha habido también momentos de tinieblas, de negruras y de sufrimientos; pues en estas lejanías de oriente, solo lo tenía a Él. ¿Quién no sufrimientos  en este valle de conflictos? Pero ahora puedo decir con el salmo 139, 12: “Las tinieblas no son oscuras para ti, y la noche es tan clara como el día”. A veces Dios se ocultaba y otras es luz clara. Y es en este intercambio de panoramas donde se da “la danza de la vida”.

Hoy, en este año de gracia 2016, a mis 81 años, me siento movida a cantar con Simeón: “Ahora, Señor, puedes dejar a tu Esclava ir en paz porque mis ojos han visto tu salvación”. Y en verdad la he visto con creces en mi vida, y en otras muchas vidas que he ido acompañando. No puedo pedir a Dios más de lo que me ha dado.  Una vez mas“alzaré el cáliz de salvación y invocaré su nombre”.

No quisiera que penséis de mí mejor de lo que realmente soy. Soy imperfecta, tengo mis prontos - ¡gracias a Dios! - porque así me mantengo en mi puesto como criatura.  También Dios me dio, como a San Pablo, un aguijón de carácter que contradice la ley de mi espíritu; pero apoyada en su gracia - como todas vosotras que esto leéis -  voy caminando en la vida…

“iY de Dios serán las glorias, y míos solo los yerros!”       

(“Divino Impaciente” de José María Pemán).
                                   
                                     Ángeles Martínez Paredes, adc
  
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