Dijo Jesús: Si tu hermano peca contra ti, vete a corregirlo, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos.  Si no quiere escucharles, díselo a la Iglesia. Y si hasta a la Iglesia no quiere escuchar, sea para ti como el gentil y el publicano. En verdad os digo: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra, quedará desatado en el cielo. También os digo que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre, que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. (Mt. 18, 15-20)


“Allí donde se congregan dos o tres en mi nombre, habito yo”. Y ¿qué es congregarse en nombre de Cristo? ¿qué es estar unidos en nombre de nuestro divino Redentor? Estar reunidos en nombre de Cristo, es estar unidos por la caridad; esto es estar en nombre de Cristo, unidos; y allí habita Cristo, allí reina, allí mora donde hay caridad. Pero hermanos míos; ¿practicamos nosotros la caridad, según el deseo de Cristo? ¿podemos acaso decir con San Pablo y Santa Teresa, que no hay dolor que aqueje a nuestro hermano, que no padezcamos nosotros mismos? ¡Ay, qué lejos estamos de esta caridad! Si nos examinamos detenidamente; veremos que nuestros juicios son poco caritativos; muchas veces suponemos al prójimo intenciones que no habían soñado siquiera; y si examinamos nuestros afectos, también los hallaremos vacíos de caridad. Vemos llorar al prójimo, le vemos sufrir, pero nos quedamos indiferentes. Una muerte, una desgracia ha herido a nuestro hermano, y nos alarmamos, no por su desgracia, sino porque tememos que nos sobrevenga a nosotros lo mismo.
 
Y si examinamos nuestras obras, encontraremos que tampoco van selladas con el sello de la caridad. Vemos a nuestro hermano en la pobreza, en la miseria, en la enfermedad, y acaso le socorremos con aquello que nos sobra; pero ¿quién es el que se impone privaciones por socorrer al prójimo?

Vivamos en la tierra como peregrinos, no nos apeguemos a nada que a la tierra pertenezca.
 
(Pláticas III, pág.264)