Con unas ostensibles gafas un hombre de mediana edad, observa con fría incredulidad el gesto de Jesús, mientras se acaricia la barba. Es uno de los personajes que no ha tomado el pan ni el vino. Parece que estuviera analizando concienzudamente, casi científicamente las palabras y movimientos de Jesús.

¿Cómo va a creerse él todo este rollo religioso? ¿No hay ni una sola prueba científica de que Dios nos ama? Él si no ve no cree. La ciencia ha superado a la religión hace ya mucho tiempo. En el fondo no se explica cómo hay todavía gente que siente la presencia de Dios. Dios no existe.

Sin embargo, hay algo que le hace dudar: ¿por qué estoy sentado aquí?, y otra pregunta más interesante si cabe, ¿por qué Jesús me ha invitado a comer con Él?

Probablemente en cada uno de nosotros hay un intelectual incrédulo que no termina de confiar en todo esto. Hay una vocecilla dentro de nosotros que plantea dudas constantes sobre lo que sentimos. Sin embargo, Jesús sigue invitándonos a la mesa. No nos pide creer. Solo nos pide que comprendamos el gesto, que aceptemos su cuerpo y su sangre. Porque Jesús no pretende demostrar ninguna regla matemática: quiere demostrarte hasta dónde es capaz de amarte. Y es que la inteligencia no llega a comprender las razones del corazón.

¿Cómo te relacionas con los que te rodean? ¿Eres capaz de implicarte afectivamente o te quedas en la pura racionalidad?
¿Y con el Señor?
¿Eres capaz de dejarte tocar el corazón por el Amor? Tiene su riesgo: pero si no lo asumes no sabrás nunca la verdad.

Dirige al Señor la oración que brote de tu corazón. Quizás te puedas valer de las palabras de Teilhard de Chardin:
 
No te inquietes por las dificultades de la vida,
por sus altibajos, por sus decepciones,
por su porvenir más o menos sombrío.
Quiere lo que Dios quiere.

Ofrécele en medio de inquietudes y dificultades
el sacrificio de tu alma sencilla que, pese a todo,
acepta los designios de su providencia.

Poco importa que te consideres un frustrado
si Dios te considera plenamente realizado;
a su gusto.
Piérdete confiado ciegamente en ese Dios
que te quiere para sí.
Y que llegará hasta ti, aunque jamás le veas.

Piensa que estás en sus manos,
tanto más fuertemente cogido,
cuanto más decaído y triste te encuentres.

Vive feliz. Te lo suplico.
Vive en paz.
Que nada te altere.
Que nada sea capaz de quitarte tu paz.
Ni la fatiga psíquica. Ni tus fallos morales.
Haz que brote, y conserva siempre sobre tu rostro
una dulce sonrisa, reflejo de la que el Señor
continuamente te dirige.

Y en el fondo de tu alma coloca, antes que nada,
como fuente de energía y criterio de verdad,
todo aquello que te llene de la paz de Dios.

Recuerda:
cuanto te reprima e inquiete es falso.
Te lo aseguro en nombre de las leyes de la vida
y de las promesas de Dios.
Por eso, cuando te sientas
apesadumbrado,
triste,
adora y confía...