En el fondo de la mesa haciendo de vértice de toda la composición, un payaso, de un blanco espectral, mira con tristeza a Jesús. Su gesto es inquietante y un tanto ambiguo, pues sugiere varias interpretaciones. Es un varón adulto, su expresión triste y su cara demacrada borran toda connotación de simpatía e inocencia que un payaso tiene. Más bien simboliza al hombre que necesita disfrazarse, maquillarse, para vivir. Es el hombre o la mujer que viven de cara afuera, constantemente preocupados por hacer reír, caer bien, mendigar afecto de los demás. El payaso, en el fondo, es alguien que inventa una personalidad distinta a la suya para provocar la risa en los demás.

¿Y tú, estás constantemente preocupado de tu imagen, de agradar a los demás hasta el punto de difuminar tu propia personalidad?

La expresión de su cara es extraña: mira sorprendido a Jesús, como si no comprendiese el gesto, como si dijese: yo he estado toda la vida intentando ganar el favor de los demás a base de pantomimas, y resulta que lo que de verdad cuenta es entregarse por amor…, ¡y yo sin enterarme!

El Señor va más allá de las apariencias y lo que mira es el corazón:

¿Qué ve en tu corazón hoy?
¿Cómo te sientes al ser mirado en profundidad sin maquillaje?
Repite con el salmista y haz tuya su oración:
“Señor, tú me sondeas y me conoces;
me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos;
distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares.

No ha llegado la palabra a mi lengua,
y ya, Señor, te la sabes toda.
Me estrechas detrás y delante,
me cubres con tu palma.
Tanto saber me sobrepasa,
es sublime, y no lo abarco.

¿Adónde iré lejos de tu aliento,
adónde escaparé de tu mirada?
Si escalo el cielo, allí estás tú;
si me acuesto en el abismo, allí te encuentro;

si vuelvo hasta el margen de la aurora,
si emigro hasta el confín del mar,
allí me alcanzará tu izquierda,
me agarrará tu derecha.

Si digo: "Que al menos la tiniebla me encubra,
que la luz se haga noche en torno a mí",
ni la tiniebla es oscura para ti,
la noche es clara como el día.

Tú has creado mis entrañas,
me has tejido en el vientre de mi madre.
Te doy gracias,
porque me has escogido portentosamente,
porque son admirables tus obras;
conocías hasta el fondo de mi alma,
nada mío te era desconocido.

Cuando, en lo oculto, me iba formando,
y entretejiendo en lo profundo de la tierra,
tus ojos veían mis acciones,
se escribían todas en tu libro;
calculados estaban mis días
antes que llegase el primero.

¡Qué incomparables encuentro tus designios,
Dios mío, qué inmenso es su conjunto!
Si me pongo a contarlos, son más que la arena;
si los doy por terminados, aún me quedas tú.

Señor, sondéame y conoce mi corazón,
ponme a prueba y conoce mis sentimientos,
mira si mi camino se desvía,
guíame por el camino eterno”