"Cuando estaba sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio.
Entonces se le abrieron los ojos y lo reconocieron, pero Jesús desapareció de su lado"

Al vivir hay imágenes que quedan grabadas en la retina para toda la vida, sé que sabes de qué te estoy hablando. También sé que sabes que resulta casi imposible expresar qué pasó por dentro pero hay un no sé qué, un impulso violento y atrevido que pide ser contado. Compruebo que así son las cosas de Jesús, que piden ser comunicadas a otros.
Por eso quiero contarte qué pasó aunque no estoy seguro de ser capaz, pero quiero atreverme y que tú te atrevas a acompañarme en esa instantánea que se ha quedado grabada dentro de mí como si fuera fuego.
 
Te cuento...


" Estaba anocheciendo cuando llegamos a Emaús y aunque el camino se nos había pasado "volando" charlando y charlando, al ver de lejos la puerta de casa, todo el cuerpo se nos aflojó, ya el estómago empezó a comentar, los pies a quejarse... en fin, había que reponer fuerzas.

No permitimos que nuestro amigo siguiera caminando tan tarde y solo, además, ofrecer un plato caliente y un lugar para dormir al que camina ha sido siempre como una máxima desde nuestros padres y habíamos estado tan a gusto hablando con él... que ¿cómo no dar calor y acogida al que nos acogió y animó durante horas?
así que aceptó y todos tan contentos.

Ahora que recuerdo, su presencia en nuestra casa fue encendiendo la habitación donde estábamos y empezó a tornar todo a un color como de fuego. La oscuridad de la noche quedaba fuera, el frío y la soledad de los campos, incluso la tristeza, estaban al abrir la puerta, pero con el amigo en casa, era estar junto a la hoguera.
 
Estábamos a la mesa, también es común en nuestro pueblo pedirle al invitado que bendiga los alimentos antes de empezar  la conversación y el bocado, y así lo hicimos.
El entonces cogió el pan, con cuidado y costumbre y las palabras de bendición me parecieron nuevas aquella noche: "Bendito seas Padre bueno, que das alimento a todo hombre y fuerza a quien no puede sostenerse, porque quieres con locura todo lo creado... que este pan nos haga hombres de corazones valientes..."

Recuerdo que él estaba enfrente mía, y era tan distinto a mí... recuerdo que al principio yo no sabía a dónde mirar, un poco como me pasa a veces, así que mientras yo miraba hacia abajo, hacia mí mismo... él sí sabía hacia dónde mirar hacia arriba, a ese padre bueno al que estaba nombrando. Mi rostro hacia abajo, que se iba contagiando, su cara hacia arriba, clara, confiada... Como si mis ropas azules escondieran todavía algunos problemas, el desencanto de los días pasados, los miedos de siempre.. y ese color hubiera contagiado mi expresión...

Él tan distinto... el había decidido caminar con el color rojo de la fiesta, de la alegría, del compartir ... la expresión de su cara daba ánimo y confianza, tranquilidad y buenas vibraciones... como una llama que atrae, que no se apaga.

Todo él me hablaba de libertad, su cabeza despejada de túnica, frente a la mía, encogida, como cargada siempre de algún peso... era como si dirigirse a su Padre y compartir la comida fueran para Él actos cotidianos y llenos de cercanía.

La ley, a un lado de la mesa, presente en nuestra vida judía siempre, eran para mí los rollos sagrados, a veces demasiado amarillentos y plegados... Su cabeza despejada y la Ley abierta, brillante y encendida cerca de Él, me hablaban de una fe y una relación de Dios con el hombre nueva, más auténtica...
    
Y fue entonces cuando tomó el pan para repartirlo y me acercó un vaso de vino... Y con la misma naturalidad con que repartía el pan, fueron agolpándose en mi corazón miles de imágenes de esas mismas manos, manos que de pronto para mí me resultaban conocidas... y eso, imágenes en mi cabeza que pasaban muy rápido... imágenes de esas manos que habían acariciado, como hace todo Buen Pastor, manos que buscaban a los más perdidos de la vida y se los llevaba cerca y los tocaba, eran las mismas manos que habían curado, tocado, abrazado, como si no le asustara el pecado de nadie, manos que habían  levantado y habían dado seguridad en mitad de la tormenta, manos para tanta gente... manos que hacían fiesta con cualquiera, que compartían la mesa, el plato ,... Eran las manos amigas de sus amigos, las que disfrutaban del jaleillo de la sobremesa, que daban compañía y broma. También eran las manos de la tarea, del servicio, del trabajo incómodo y destiempo, manos que se manchaban y mojaban por ayudar a otros...En segundos se me pasaron los últimos meses vividos cerca de Jesús, el dolor de las últimas semanas en Jerusalén... las manos del dolor, siempre con otros ... las manos que llevaron su propia cruz.
Sin aspavientos y con firmeza , como estaba separando y entregándome el pan se había repartido así mismo sin reservarse nada, sin guardarse nada, y a todos entregaba su tiempo, su afecto, su amistad, a mí también...
    
Y cuando quise reaccionar, hablarle, mirarle a los ojos y reconocer su mirada, abrazarle al menos... Él, Jesús, ya se había ido, dejó la mesa servida, el pan partido, el vino en los vasos, el encuentro en el corazón... pero Él, ya no estaba.