Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Ella se turbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin”. María respondió al ángel: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?”. El ángel le respondió: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios”. Dijo María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Y el ángel dejándola se fue.
(Lc.1, 26-38)
En aquel tiempo los once discípulos fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al ver a Jesús, le adoraron, aunque algunos dudaban. Jesús se acercó a ellos y les dijo: “Dios me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced mis discípulos a todos los habitantes del mundo; bautizadlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enseñadles a cumplir todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. (Mt. 28, 16-20)
No penséis que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Os aseguro que no desaparecerá ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice. El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos. Os aseguro que si vuestra justicia no es superior a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos. No habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás, y el que mata, será condenado por el tribunal. Pero yo os digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, será condenado por el tribunal. Y todo aquel que lo insulta, será castigado por el Sanedrín. Y el que lo maldice, será condenado al infierno de fuego. Por lo tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Trata de llegar en seguida a un acuerdo con tu adversario, mientras vas caminando con él, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al guardia, y te pongan preso. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo. Vosotros habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo os digo: El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Si tu ojo derecho es para ti una ocasión de pecado, arráncalo y arrójalo lejos de ti: es preferible que se pierda uno solo de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehena. Y si tu mano derecha es para ti una ocasión de pecado, córtala y arrójala lejos de ti: es preferible que se pierda uno solo de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. También se dijo: El que se divorcia de su mujer, debe darle una declaración de divorcio. Pero yo os digo: El que se divorcia de su mujer, excepto en caso de unión ilegal, la expone a cometer adulterio; y el que se casa con una mujer abandonada por su marido, comete adulterio. Vosotros habéis oído también que se dijo a los antepasados: No jurarás falsamente, y cumplirás los juramentos hechos al Señor. Pero yo os digo que no juréis de ningún modo: ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la Ciudad del gran Rey. No jures tampoco por tu cabeza, porque no puedes convertir en blanco o negro uno solo de tus cabellos. Cuando digáis "sí", que sea sí, y cuando digáis "no", que sea no. Todo lo que se dice de más, viene del Maligno.
(Mt. 5, 17-37)
El nacimiento de Jesús fue así: María, su madre, estaba desposada con José, y, antes de que vivieran juntos, se encontró encinta por virtud del Espíritu Santo. José, su marido, que era un hombre justo y no quería denunciarla, decidió dejarla en secreto. Estaba pensando en esto, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no tengas ningún reparo en recibir en tu casa a María, tu mujer, pues el hijo que ha concebido viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que el Señor había dicho por medio del profeta: “La Virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Enmanuel, que significa Dios con nosotros”. Cuando José despertó del sueño, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y recibió en su casa a su mujer. (Mt. 1, 18-24)
Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle. Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: Levantaos, no tengáis miedo. Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.
(Mt. 17, 1-9)
Otra parábola les propuso, diciendo: El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña. Los siervos del amo se acercaron a decirle: "Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?" El les contestó: "Algún enemigo ha hecho esto." Le dicen los siervos: "¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla?". Les dice: "No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero." Otra parábola les propuso: El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo. Es ciertamente más pequeña que cualquier semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas. Les dijo otra parábola: El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo. Todo esto dijo Jesús en parábolas a la gente, y nada les hablaba sin parábolas, para que se cumpliese el oráculo del profeta:
Abriré en parábolas mi boca, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo. Entonces despidió a la multitud y se fue a casa. Y se le acercaron sus discípulos diciendo: Explícanos la parábola de la cizaña del campo. El respondió: El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el Diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga. (Mt 13, 24-43)
Hermanos míos; en la parábola del grano de mostaza, encontramos una lección importantísima, a saber: la importancia de lo pequeño, en materia de virtud.
Nadie que es malo, se hizo malo de una vez. El salteador de caminos, no se hizo salteador de un solo golpe; comenzó primero a robar pequeñas sumas, sumas casi insignificantes, y luego creció en él la pasión, y robó sumas de más valía, y más tarde, aumentaron sus hurtos hasta que se hizo bandido, un salteador. Judas no fue malo de una vez, sino que comenzó por poco. Le había encargado Jesucristo la bolsa del dinero, con el que atendía a las necesidades de los suyos, y Judas, llevado de la pasión de la avaricia, hurtó a los principios, pequeñas cantidades, pero la pasión fue creciendo, y la avaricia le llevó hasta vender villanamente a su Maestro por treinta monedas.
Nadie, pues, se hace malo de un golpe, y nadie tampoco, de una vez se hace santo. Gran importancia tiene lo pequeño en el pecado, y gran importancia tiene lo pequeño en las virtudes, porque para llegar a ser malo, se comienza por cosas pequeñas, y para llegar a ser santo, se comienza también por practicar pequeñas virtudes. Las grandes virtudes no se presentan todos los días; estas suelen presentarse de tarde en tarde, pero las ocasiones de practicar pequeñas virtudes, las tenemos siempre. Vivir en el hogar, en perfecta armonía con todos; tener el rostro sonriente cuando estamos contrariados; sufrir alguna palabra que nos mortifica; aguantar el carácter áspero y duro de los demás, todo esto que a los ojos del mundo no es casi nada, es como el grano de mostaza, casi imperceptible, y sin embargo, a los ojos de Dios es de gran mérito y gran valía; y si no practicamos estos pequeños actos de virtud, no practicaremos los grandes, porque así como nadie se hizo malo de una vez, sino poco a poco, así nadie llegará a ser santo, si no practica primero estas pequeñas virtudes. Y ¿cómo sufrirá un desprecio, una humillación pública, aquél que nunca se humilló? Imposible. Y ¿cómo se despojará aquél de sus bienes, para darlos y repartirlos entre los pobres, si jamás tendió la mano para socorrer al menesteroso?
Y aquél que descuidó sus deberes para con Dios, o que los cumplió con negligencia y tibieza; el que siempre fue egoísta y en todo se buscó a sí mismo, ¿acaso, si se le presenta ocasión de sacrificarse, lo hará? No, de ninguna manera; el egoísta jamás se sacrificará ni en aras de la fe, ni en aras de la caridad. Es imposible, repito, practicar grandes virtudes, si antes no se ha ejercitado uno en practicar las pequeñas.
(Pláticas II, pág.797)
En aquel tiempo Jesús dijo: "Os aseguro que el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que se mete por otro lado, es ladrón y salteador. El que entra por la puerta, ese es el pastor que cuida las ovejas. El guarda le abre la puerta, y el pastor llama a cada oveja por su nombre y las ovejas reconocen su voz. Él las saca del redil, y cuando ya han salido todas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen porque reconocen su voz. En cambio no siguen a un extraño, sino que huyen de él porque no conocen la voz de los extraños." Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron lo que les quería decir. Volvió Jesús a decirles: "Os aseguro que yo soy la puerta por donde entran las ovejas. Todos los que vinieron antes de mí fueron ladrones y salteadores, pero las ovejas no les hicieron caso. Yo soy la puerta: el que por mí entra será salvo; entrará y saldrá, y encontrará pastos. El ladrón viene solamente para robar, matar y destruir; pero yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia." (Jn.10, 1-10)Quien dice pastor, dice cuidado, vigilancia, solicitud, providencia.Y en efecto, este cuidado, esta providencia de Dios, nos revela todo el amor y toda la ternura del Corazón de Jesús. No, Dios no nos ha creado, como dicen algunos, para abandonarnos luego; Dios es nuestro Padre, y un padre jamás abandona a sus hijos. Pues, ¿no está Dios continuamente velando sobre nosotros, y atrayéndonos a Él ya de un modo, ya de otro? Dios no cesa de llamarnos con los golpes de su providencia, y si viéramos las cosas que suceden, con los ojos de la fe, encontraríamos en todos los acontecimientos, prósperos o adversos, la mano de la providencia que todo lo dirige a nuestro bien.Nada sucede sin el permiso de Dios; no cae un cabello de nuestra cabeza, ni se agita la hoja en el árbol, sin que Dios lo quiera. Si la fortuna nos sonríe, es porque Dios lo quiere también; si las nubes nos envían sus lluvias, es porque esa es la voluntad de Dios; y todo lo que nos sucede, Dios nos lo envía para nuestro bien, porque Dios nos ama. Sin salir de nosotros mismos, estudiando el curso de nuestra vida, encontraremos en toda ella y a cada paso, la providencia de Dios, guiándonos.Y ¿qué es lo que nosotros debemos sacar de todo esto? Debemos lanzarnos a una confianza sin límites, porque la confianza hace que Dios abra sus manos y derrame sobre nosotros abundantes bendiciones.Mirad al pequeñuelo cuando va cogido de la mano de su madre; no teme nada, no se preocupas de los peligros que pueda hallar en el camino, porque tiene la seguridad de que su madre no le dejará abandonado, y que más bien se dejaría matar, que soltarle si se encontrase en peligro.Pues esta es la conducta que nosotros hemos de observar para con Dios; debemos confiar en Él sin inquietarnos por nada; debemos descansar en su providencia como descansa el pequeñuelo en el regazo materno, y dejarnos conducir donde Dios quiera. Si Dios nos quiere colocar en las alturas, hemos de estar contentos; si por el contrario, nos humilla y nos abate, contentos hemos de estar también. Si nos envía riquezas lo hemos de bendecir, y si nos envía pobreza, hemos de bendecirle también. En una palabra, y para decirlo de una vez, hemos de tener una confianza sin límites en la divina providencia, abandonándonos a ella, y dejándonos conducir donde nos quiera llevar.
(Pláticas II, pág. 623)
Dijo Jesús: Si tu hermano peca contra ti, vete a corregirlo, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si no quiere escucharles, díselo a la Iglesia. Y si hasta a la Iglesia no quiere escuchar, sea para ti como el gentil y el publicano. En verdad os digo: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra, quedará desatado en el cielo. También os digo que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre, que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. (Mt. 18, 15-20)
Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. De pronto se produjo un gran terremoto, pues el Ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose, hizo rodar la piedra y se sentó encima de ella. Su aspecto era como el relámpago y su vestido blanco como la nieve. Los guardias, atemorizados ante él, se pusieron a temblar y se quedaron como muertos. El Ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: Vosotras no temáis, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado; no está aquí, ha resucitado, como lo había dicho. Venid, ved el lugar donde estaba. Y ahora id enseguida a decir a sus discípulos: "Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis." Ya os lo he dicho. Ellas partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos. En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: ¡Dios os guarde! Y ellas, acercándose, se asieron de sus pies y le adoraron. Entonces les dice Jesús: No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán. (Mt. 28, 1-10)
Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, se dirigió a los sumos sacerdotes y les propuso: -¿Qué me dais si os lo entrego a vosotros? Ellos se pusieron de acuerdo en treinta monedas de plata. Desde aquel momento buscaba una ocasión para entregarlo. El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: -¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua? Él les contestó:
-Id a la ciudad, a un tal, y decidle: El maestro dice: mi hora está próxima; en tu casa celebraré la Pascua con mis discípulos. Los discípulos prepararon la cena de Pascua siguiendo las instrucciones de Jesús. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían, les dijo: -Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar. Consternados, empezaron a preguntarle uno por uno: -¿Soy yo, Señor? Él contestó: -El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ése me entregará. Este Hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay de aquél por quien este Hombre será entregado! Más le valdría a ese hombre no haber nacido. Le dijo Judas, el traidor: -¿Soy yo, maestro? Le respondió Jesús: -Tú lo has dicho. Mientras cenaban, Jesús tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a sus discípulos diciendo: -Tomad y comed, esto es mi cuerpo. Tomando la copa, pronunció la acción de gracias y se la dio diciendo: -Bebed todos de ella. Tomando la copa, pronunció la acción de gracias y se la dio diciendo: -Bebed todos de ella, porque ésta es mi sangre de la alianza, que se derrama por todos para el perdón de los pecados. Os digo que en adelante no beberé de este fruto de la vid hasta el día en que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre. Cantaron los salmos y salieron hacia el monte de los Olivos. Entonces Jesús les dijo: -Esta noche todos vais a fallar por mi causa, como está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño. Pero cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea. Pedro le contestó: -Aunque todos fallen esta noche, yo no fallaré. Jesús le respondió: -Te aseguro que esta noche, antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces. Pedro le replicó: -Aunque tenga que morir contigo, no te negaré. Lo mismo dijeron los demás discípulos. Entonces Jesús fue con ellos a un lugar llamado Getsemaní y dijo a sus discípulos: -Sentaos aquí mientras yo voy allá a orar. Tomó a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y empezó a sentir tristeza y angustia. Les dijo: -Siento una tristeza mortal; quedaos aquí, velando conmigo. Se adelantó un poco y, postrado rostro en tierra, oró así: -Padre, si es posible, que se aparte de mí esta copa. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Volvió a donde estaban los discípulos. Los encontró dormidos y dijo a Pedro: -¿Será posible que no habéis sido capaces de velar una hora conmigo? Velad y orad para no sucumbir en la prueba. El espíritu es decidido, pero la carne es débil. Por segunda vez se alejó a orar: -Padre, si esta copa no puede pasar sin que yo la beba, que se haga tu voluntad. Volvió de nuevo y los encontró dormidos, pues tenían mucho sueño. Los dejó y se apartó por tercera vez repitiendo la misma oración. Después se acercó a los discípulos y les dijo: -¡Todavía dormidos y descansando! Está próxima la hora en que este Hombre será entregado en poder de los pecadores. Levantaos, vamos; se acerca el que me entrega. Todavía estaba hablando cuando llegó Judas, uno de los Doce, acompañado de gente armada de espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los senadores del pueblo. El traidor les había dado una contraseña: Al que yo bese, ése es; arrestadlo. Enseguida, acercándose a Jesús le dijo: -¡Salve, maestro! Y le dio un beso. Jesús le dijo: -Amigo, ¿a qué has venido? Entonces se acercaron, le echaron mano y arrestaron a Jesús. Uno de los que estaban con Jesús desenvainó la espada y de un tajo cortó una oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo: -Envaina la espada: Quien empuña la espada, a espada muere. ¿Crees que no puedo pedirle al Padre que me envíe enseguida más de doce legiones de ángeles? Pero entonces, ¿cómo se cumplirá lo que está escrito, que esto tiene que suceder? Entonces Jesús dijo a la multitud: -Habéis salido armados de espadas y palos para capturarme como si se tratara de un asaltante. Diariamente me sentaba en el templo a enseñar y no me arrestasteis. Pero todo eso sucede para que se cumplan las profecías. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. Los que lo habían arrestado lo condujeron a casa del sumo sacerdote Caifás, donde se habían reunido los letrados y los senadores. Pedro le fue siguiendo a distancia hasta el palacio del sumo sacerdote. Entró y se sentó con los criados para ver en qué acababa aquello. Los sumos sacerdotes y el Consejo en pleno buscaban un testimonio falso contra Jesús que permitiera condenarlo a muerte. Y, aunque se presentaron muchos testigos falsos, no lo encontraron. Finalmente se presentaron dos alegando: -Éste ha dicho: Puedo derribar el templo de Dios y reconstruirlo en tres días. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo: -¿No respondes a lo que éstos declaran contra ti? Pero Jesús seguía callado. El sumo sacerdote le dijo: -Por el Dios vivo te conjuro para que nos digas si eres el Mesías, el Hijo de Dios. Jesús le respondió: -Tú lo has dicho. Y os digo que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Todopoderoso y llegando en las nubes del cielo. Entonces el sumo sacerdote, rasgándose sus vestiduras, dijo: -¡Ha blasfemado! ¿Qué falta nos hacen los testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Cuál es vuestro veredicto? Respondieron: -Reo de muerte. Entonces le escupieron al rostro, le dieron bofetadas y lo golpeaban diciendo: -Mesías, adivina quién te ha pegado. Pedro estaba sentado fuera, en el patio. Se le acercó una criada y le dijo: -Tú también estabas con Jesús el Galileo. Él lo negó delante de todos: -No sé lo que dices. Salió al portal, lo vio otra criada y dijo a los que estaban allí: -Éste estaba con Jesús el Nazareno. De nuevo lo negó jurando que no conocía a aquel hombre. Al poco tiempo se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro: -Realmente tú eres uno de ellos, el acento te delata. Entonces empezó a echarse maldiciones y a jurar que no lo conocía. Al punto cantó un gallo y Pedro recordó lo que había dicho Jesús: Antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces. Y saliendo afuera, lloró amargamente.A la mañana siguiente los sumos sacerdotes y los senadores del pueblo tuvieron una deliberación para condenar a Jesús a muerte. Lo ataron, lo condujeron y lo entregaron a Pilato, el gobernador. Entonces Judas, el traidor, viendo que lo habían condenado, se arrepintió y devolvió las treinta monedas a los sumos sacerdotes y senadores, diciendo: -He pecado entregando a un inocente a la muerte. Le contestaron: -Y a nosotros, ¿qué? Eso es problema tuyo. Arrojó el dinero en el templo, se fue y se ahorcó. Los sumos sacerdotes, recogiendo el dinero, dijeron: -No es lícito echarlo en la alcancía, porque es precio de una vida. Y, después de deliberar, compraron el Campo del Alfarero para sepultura de extranjeros. Por eso aquel campo se llama hasta hoy, Campo de Sangre. Así se cumplió lo que profetizó Jeremías: Tomaron las treinta monedas, precio del que fue tasado, del que tasaron los israelitas, y con ello pagaron el campo del alfarero; según las instrucciones del Señor. Jesús compareció ante el gobernador, el cual lo interrogó: -¿Eres tú el rey de los judíos? Contestó Jesús: -Tú lo has dicho. Pero, cuando lo acusaban los sumos sacerdotes y los senadores no respondía nada. Entonces le dijo Pilato: -¿No oyes de cuántas cosas te acusan? Pero no respondió una palabra, con gran admiración del gobernador. Por la Pascua acostumbraba el gobernador soltar a un prisionero, el que la gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso llamado [Jesús] Barrabás. Cuando estaban reunidos, les preguntó Pilato: -¿A quién queréis que os suelte? ¿A [Jesús] Barrabás o a Jesús, llamado el Mesías? Pues le constaba que lo habían entregado por envidia. Estando él sentado en el tribunal, su mujer le envió un recado: -No te metas con ese inocente, que esta noche en sueños he sufrido mucho por su causa. Entre tanto los sumos sacerdotes y los senadores persuadieron a la multitud para que pidieran la libertad de Barrabás y la condena de Jesús. El gobernador tomó la palabra: -¿A quién de los dos queréis que os suelte? Contestaron: -A Barrabás. Respondió Pilato: -¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías? Contestaron todos: -Crucifícalo. Él les dijo: -Pero, ¿qué mal ha hecho? Sin embargo ellos seguían gritando: -Crucifícalo. Viendo Pilato que no conseguía nada, al contrario, que se estaban amotinando, pidió agua y se lavó las manos ante la gente diciendo: -No soy responsable de la muerte de este inocente. Allá vosotros. El pueblo respondió: -Nosotros y nuestros hijos cargamos con su muerte. Entonces les soltó a Barrabás, y a Jesús lo hizo azotar y lo entregó para que lo crucificaran. Entonces los soldados del gobernador condujeron a Jesús al pretorio y reunieron en torno a él a toda la cohorte. Lo desnudaron, lo envolvieron en un manto escarlata, trenzaron una corona de espinos y se la pusieron en la cabeza, y una caña en su mano diestra. Después, burlándose, se arrodillaban ante él y decían: -¡Salve, rey de los judíos! Le escupían, le quitaban la caña y le pegaban con ella en la cabeza. Terminada la burla, le quitaron el manto y le pusieron sus vestidos. Después lo sacaron para crucificarlo. A la salida encontraron un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a cargar con la cruz. Llegaron a un lugar llamado Gólgota, es decir, Lugar de la Calavera, y le dieron a beber vino mezclado con hiel. Él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron a suertes sus vestidos y se sentaron allí custodiándolo. Encima de la cabeza pusieron un letrero con la causa de la condena: Éste es Jesús, rey de los judíos. Con él estaban crucificados dos asaltantes, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban lo insultaban moviendo la cabeza y diciendo: -El que derriba el templo y lo reconstruye en tres días que se salve; si es Hijo de Dios, que baje de la cruz. A su vez, los sumos sacerdotes con los letrados y senadores se burlaban diciendo: -Salvó a otros, y no puede salvarse a sí mismo. Si es rey de Israel, que baje ahora de la cruz y creeremos en él. Se ha fiado en Dios: que lo libre ahora si es que lo ama. Pues ha dicho que es Hijo de Dios. También los asaltantes crucificados con él lo insultaban. A partir de mediodía se oscureció todo el territorio hasta media tarde. A media tarde Jesús gritó con voz potente: -Elí, Elí, lema sabactani, o sea: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Algunos de los presentes, al oírlo, comentaban: -A Elías llama éste. Enseguida uno de ellos corrió, tomó una esponja empapada en vinagre y con una caña le dio a beber. Los demás dijeron: -Espera, a ver si viene Elías a salvarlo. Jesús, lanzando un nuevo grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo, la tierra tembló, las piedras se partieron, los sepulcros se abrieron y muchos cadáveres de santos resucitaron. Y, cuando él resucitó, salieron de los sepulcros y se aparecieron a muchos en la Ciudad Santa. Al ver el terremoto y lo que sucedía, el centurión y la tropa que custodiaban a Jesús decían muy espantados: -Realmente éste era Hijo de Dios. Estaban allí mirando a distancia muchas mujeres que habían acompañado y servido a Jesús desde Galilea. Entre ellas estaban María Magdalena, María, madre de Santiago y José, y la madre de los Zebedeos. Al atardecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también había sido discípulo de Jesús. Presentándose ante Pilato le pidió el cadáver de Jesús. Pilato mandó que se lo entregaran. José lo tomó, lo envolvió en una sábana de lino limpia, y lo depositó en un sepulcro nuevo que se había excavado en la roca; después hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro y se marchó. Estaban allí María Magdalena y la otra María sentadas frente al sepulcro. Al día siguiente, el que sigue a la vigilia, se reunieron los sumos sacerdotes con los fariseos y fueron a Pilato a decirle: -Recordamos que aquel impostor dijo cuando aún vivía que resucitaría al tercer día. Manda que aseguren el sepulcro hasta el tercer día, no vayan a ir sus discípulos a robar el cadáver, para decir al pueblo que ha resucitado de la muerte. La última impostura sería peor que la primera. Les respondió Pilato: -Ahí tenéis una guardia: Id y aseguradlo como sabéis. Ellos aseguraron el sepulcro poniendo sellos en la piedra y colocando la guardia. (Mt 26, 14- 27.66)
Hoy damos comienzo a la semana llamada otros tiempos, Semana Mayor, porque es en efecto, la más grande de todas las semanas; Semana Laboriosa, porque es una semana de trabajo, de penitencia, de mortificación; Semana Santa, porque en ella se celebran los más santos misterios, y porque debemos, durante esta semana, trabajar por santificarnos.
Nos recuerda hoy la Iglesia, la entrada triunfante de Jesucristo en Jerusalén. ¿No os sorprende cómo es Jesucristo recibido en Jerusalén? ¿No se os enluta el corazón al pensar y al considerar, que aquellos mismos hombres que hoy proclaman a Cristo, Hijo de David, el Viernes de la Cruz, pedirán a voz en grito, su muerte, y una muerte la más deshonrosa y cruel? Pero, hermanos míos, nosotros mismos, ¿no hemos muchas veces imitado a los judíos? ¿No los imitamos aún? Una semana somos buenos, otra somos malos... Un día nos dedicamos con fervor a la práctica de las virtudes, otro nos entregamos a los vicios. Un día formamos generosos propósitos, al día siguiente lo abandonamos todo. Y, ¿qué significa esto, sino que imitamos a los hijos de Israel, que un día somos amigos de Cristo, y al otro nos tornamos sus enemigos; que un día le seguimos, y al otro le volvemos la espalda? ¿No es cierto que hemos obrado de este modo hasta aquí? Sí, aunque esta ha sido nuestra vida, Jesucristo nos ofrece la paz, Jesucristo está siempre dispuesto a recibirnos.
Vayamos a Él, y prometámosle que nunca le abandonaremos, que seremos suyos para siempre; y Cristo nos sostendrá, y Cristo nos ayudará, y Cristo nos alentará, y entonces la vida será para nosotros un continuo Domingo de Ramos; tendremos siempre a Cristo con nosotros, y le aclamaremos nuestro Redentor, nuestro Rey; y triunfaremos a semejanza de Cristo, de todos nuestros enemigos, y el fruto de nuestro triunfo, será la paz, y el fruto de la paz, será la santidad.
(Pláticas II, pág. 877)
Y les propuso otra parábola: "El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: "Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?". Él les respondió: "Esto lo ha hecho algún enemigo". Los peones replicaron: "¿Quieres que vayamos a arrancarla?"."No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, se corre el peligro de arrancar también el trigo. Dejad que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en manojos para quemarla, y luego recoged el trigo en mi granero". (Mt.13, 24-30)
En aquel tiempo se presentó Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea:"Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca". A él se refería el profeta Isaías cuando dijo:
Una voz grita en el desierto:
Preparen el camino del Señor,
allanen sus senderos.
Juan tenía una túnica de pelos de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. La gente de Jerusalén, de toda la Judea y de toda la región del Jordán iba a su encuentro, y se hacía bautizar por él en las aguas del Jordán, confesando sus pecados. Al ver que muchos fariseos y saduceos se acercaban a recibir su bautismo, Juan les dijo: "Raza de víboras, ¿quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca? Produzcan el fruto de una sincera conversión, y no se contenten con decir: "Tenemos por padre a Abraham". Porque yo les digo que de estas piedras Dios puede hacer surgir hijos de Abraham. El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles: el árbol que no produce buen fruto será cortado y arrojado al fuego. Yo los bautizo con agua para que se conviertan; pero aquel que viene detrás de mí es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias. Él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Tiene en su mano la horquilla y limpiará su era: recogerá su trigo en el granero y quemará la paja en un fuego inextinguible". (Mt. 3, 1-12)
En aquel tiempo, Jesús comenzó a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén, y que los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley le harían sufrir mucho. Les dijo que lo iban a matar, pero que al tercer día resucitaría. Entonces Pedro le llevó aparte y comenzó a reprenderle, diciendo: “¡Dios no lo quiera, Señor! ¡Eso no te puede pasar!”. Pero Jesús se volvió y dijo a Pedro: “¡Apártate de mí, Satanás, pues me pones en peligro de caer! ¡Tú no ves las cosas como las ve Dios, sino como las ven los hombres!”. Luego Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera ser mi discípulo, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; en cambio, el que pierda su vida por causa mía, la recobrará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde la vida?¿O cuánto podrá pagar el hombre por su vida? El Hijo del hombre va a venir con la gloria de su Padre y con sus ángeles, y entonces recompensará a cada uno conforme a sus hechos”. (Mt.16, 21-27)
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte; tampoco se enciende una vela para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero, y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo. (Mt. 5,13-16)

Después el Espíritu Santo condujo a Jesús al desierto para que fuera tentado por el diablo. Y después de cuarenta días y cuarenta noches tuvo hambre. Entonces se le acercó el tentador y le dijo: ‘Si eres Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en pan’. Pero Jesús respondió: ‘Dice la Escritura que el hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios’. Después de esto, el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en la parte más alta del templo y le dijo: ‘Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, puesto que la Escritura dice: Dios ordenará a sus ángeles que te lleven en sus manos para que tus pies no tropiecen con piedra alguna’. Jesús le replicó: ‘También dice la Escritura: No tentarás al Señor tu Dios’. En seguida lo llevó el diablo a una montaña muy alta, le mostró toda la riqueza de las naciones y le dijo: ‘Te daré todo esto si te postras delante de mí, y me adoras’. Entonces Jesús le respondió: ‘Aléjate de mí, Satanás, porque dice la Escritura: Adorarás al Señor tu Dios y a él sólo servirás’. Entonces lo dejó el diablo y, acercándose a unos ángeles, se pusieron a servirle. (Mt.4, 1-11)
“Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo que no hagáis frente al que os hace mal; al contrario, a quien te abofetea en la mejilla derecha, preséntale también la otra; al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica, dale también el manto; y al que te exija ir cargado mil pasos, ve con él dos mil. Da a quien te pida, y no vuelvas la espalda al que te pide prestado.
Habéis oído que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen. De este modo seréis dignos hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa merecéis?¿No hacen también eso los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos ¿qué hacéis de más?¿No hacen lo mismo los paganos? Vosotros sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.” (Mt. 5, 38-48)
En aquel tiempo dijo Jesús: “Nadie puede servir a dos amos; porque odiará a uno y amará al otro, o será fiel a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero. Por tanto os digo: No estéis preocupados por lo que habéis de comer o beber para vivir; ni por la ropa con que habéis de cubrir vuestro cuerpo. ¿No vale la vida más que la comida y el cuerpo más que la ropa? Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? Y de todos modos, por mucho que uno se preocupe, ¿cómo podrá prolongar su vida ni siquiera una hora? Y por el vestido, ¿por qué os preocupáis? Mirad cómo crecen los lirios del campo: no trabajan ni hilan. Sin embargo, os digo que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos. Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe? No os preocupéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Por lo tanto, buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os darán por añadidura. Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal.” (Mt.6, 24-34)
‘Los fariseos se pusieron de acuerdo para sorprender a Jesús en alguna palabra y acusarle. Así que enviaron a algunos de los partidarios de ellos, junto con otros del partido de Herodes, a decirle: “Maestro, sabemos que tú siempre dices la verdad, que enseñas de veras a vivir como Dios manda y que no te dejas llevar por lo que dice la gente, poruqe no juzgas a los hombres por su apariencia. Danos, pues, tu opinión: ¿estamos nosotros obligados a pagar impuestos al césar, o no?”. Jesús, dándose cuenta de la mala intención que llevaban, les dijo: “Hipócritas, ¿por qué me tendéis trampas? Enseñadme la moneda con que se paga el impuesto”. Le trajeron un denario, y Jesús le preguntó: “¿De quién es esta imagen y el nombre aquí escrito?”. Le contestaron: “Del césar”. Jesús les dijo entonces: “Pues dad al césar lo que es del césar, y a Dios lo que es de Dios”.’ (Mt.22 , 15-21)
Cuando Jesús llegó a la región de Cesarea de Filipo preguntó a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Ellos contestaron: “Unos dicen que Juan el Bautista; otros, que Elías, y otros, que Jeremías o algún profeta”. Él les preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy?”. Simón Pedro le respondió: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”. Entonces Jesús le dijo: “Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque ningún hombre te ha revelado esto, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra voy a edificar mi iglesia; y el poder de la muerte no la vencerá. Te daré las llaves del reino de los cielos: lo que ates en este mundo, también quedará atado en el cielo; y lo que desates en este mundo, también quedará desatado en el cielo”. Luego Jesús ordenó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías. (Mt.16, 13-20)