"Sería triste que la Iglesia no quisiera abrirse al mundo"

Papa Francisco con Cardenales en SínodoEl Sínodo de la Familia cubre con éxito su primera fase

"Pedimos la apertura de una Iglesia que se ha ido quedando sola"

Ángel Gutiérrez Sanz, 28 de octubre de 2014 a las 18:32

(Ángel Gutiérrez Sanz, Catedrático de Filosofía)- Con la relatio Sinody concluye una primera fase y comienza el periodo de reflexión, antes de que el Papa se pronuncie sobre las espinosas cuestiones familiares que aquejan a nuestro mundo. Según él mismo ha anunciado: "todavía tenemos un año para madurar con verdadero discernimiento espiritual, las ideas propuestas y encontrar soluciones concretas a las tantas dificultades e innumerables desafíos que las familias deben afrontar; para dar respuesta a tantos desánimos que circundan y sofocan a las familias, un año para trabajar sobre la "Relatio Sinody" que es el resumen fiel y claro de todo lo que fue dicho y discutido en esta aula y en los círculos menores".

Esto quiere decir que Francisco nos convoca a todos, a pastores y fieles, a colaborar con humildad y vocación de servicio hacia la Iglesia nuestra madre y no sólo esto, sino también nos exhorta a que salgamos al encuentro de los hermanos que se encuentren en dificultades matrimoniales y familiares.

Lo que hasta ahora se puede decir es que el Sínodo de la Familia inició su singladura con buen pie. Los padres sinodales se han podido expresar con la libertad de los hijos de Dios, tratando de interpretar con rectitud de intención, la inspiración que les llegaba de lo alto. Las cuestiones que aquejan nuestro mundo sobre el matrimonio y la familia son complejas y con muchas aristas, difíciles de ser contempladas todas ellas por una persona sola desde su óptica particular y limitada. Es preciso situarse en distintas perspectivas para completar el escenario en toda su dimensión e integridad.

Hacen falta distintas sensibilidades que permitan armonizar la veracidad de los principios doctrinales con las exigencias pastorales presididas por la caridad. No es fácil mantenerse fiel en la balanza dentro de un equilibrio prudente y responsable; pero los representantes de la Iglesia lo están consiguiendo. Por una parte el "depositum fidei" está puesto a buen recaudo; por la otra hay una clara intención de permanecer fiel a la suprema ley de la Iglesia que es "la salvación de las almas" aderezada, como no podía ser por menos, con el sentimiento de misericordia. Naturalmente me estoy refiriendo a la auténtica, no a la falsa misericordia. Sin duda hay razones para la esperanza.

Entra dentro de la normalidad que existan diferencias no tanto en el fondo cuanto en la forma, no hay motivos para ese gran revuelo que a veces se aprecia en el mundo de Internet, mucho menos para que algunos católicos se muestren poco menos que escandalizados. Repárese que lo que está en cuestión no es la doctrina, sino la forma de aplicarla a los casos concretos, cuestión que está en perfecta sintonía con lo que ya había anunciado Benedicto XVI, "novedad en la continuidad".

Toda mi comprensión para quienes piensan que la tradición es la respuesta de la Iglesia a la crisis religiosa del momento actual. Mis respetos para quienes creen que la Iglesia manteniéndose fiel a la tradición sería más fuerte e influyente; pero pienso que igualmente son respetables las posturas de quienes piden la apertura de una Iglesia que se ha ido quedando sola.

Nada, pues, de enfrentamientos y divisiones, porque como bien ha dicho Francisco, esto no es un litigio de unos contra los otros. No sería bueno hoy, como no lo fue en tiempos de S. Pablo, que aparecieran las escisiones y unos dijeran yo soy de Burke y otros dijeran yo soy Kasper o de Muller cuando lo único que cabe decir es que todos debemos sentirnos unidos a Cristo y a su representante en la tierra. En estos momentos de sincero debate y confrontación de opiniones, lo que Cristo nos pide es respeto, comprensión y caridad de unos para con los otros. 

No quiero adelantarme a los acontecimientos y menos aún prejuzgar las respuestas que se vaya a dar a la compleja problemática familiar, ni en qué situación hayan de quedar los divorciados católicos vueltos a casarse y cuáles hayan de ser los lazos que se les tiendan para su definitiva reconciliación con la Iglesia, eso se lo dejo al actual sucesor de Pedro. Yo me dispongo humildemente a aceptar su veredicto final en este asunto, después de haber hecho lo humanamente posible por darle algún tipo de salida.

De momento yo me quedo con sus palabras llenas de espíritu evangélico que nos recuerdan que la Iglesia tiene las puertas abiertas no sólo a los justos, también a los necesitados, porque ella es la casa materna donde hay sitio para todos, dispuesta a solucionar problemas, cicatrizar heridas, siempre dentro de una correcta interpretación doctrinal.

Es evidente que los católicos no podemos estar satisfechos con lo que está sucediendo en nuestro mundo, no debemos estarlo. No podemos cerrar los ojos e ignorar lo que está pasando a nuestro al rededor. Asistimos al triste espectáculo de un mundo que se ha alejado de la Iglesia y sería aún más triste que la Iglesia no hiciera nada por abrirse a él; porque salir a su encuentro es la misión que Cristo le encomendó.

A mí me costaría trabajo imaginarme una Iglesia de puertas cerradas que dijera "Allá cada cual, la ley es la ley y sálvese el que pueda".

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