Al principio pensé que era yo quien había elegido la Vida Religiosa, y fue esa falsa seguridad la que por cuatro años no me permitió creer en mi vocación, hasta que descubrí que El Señor fue quien me eligió y me amo primero.

Veo que el principio de la motivación que me trajo hacia acá (VR) fue apenas una excusa del Señor para atraerme hacia Él. Tenía verdadero deseo  de seguirle,  pero lo atribuía a mí misma, con todo, mirando el pasado y viendo la  trayectoria de mi vida, es muy pretencioso decir que fui yo.

Tuve la dicha de ser mirada y elegida por El Señor desde una edad temprana, cuándo de mi parte solo pude decir “soy muy joven”.   El Señor con su eterna paciencia supo esperar el tiempo propicio preparando  el terreno en el que deseaba sembrar su mejor  semilla. 

A lo largo de los años fue Él quien me sostuvo hasta que me vi lista para dar un gran paso en mi vida, sintiéndome comprometida y deseando llevar a cabo ese compromiso, que bien en el fondo me sonaba a carga  y que contaba con poca certeza de que el Señor también lo  deseaba.
… yo quiero, no sé el Señor…

El tiempo se pasó y creo que ahora puedo decir que mi vocación es un don, pues un don es un regalo y si es un regalo nadie te obliga a recibir y si lo aceptas… haces lo que quieres, lo tiras, lo guardas… pero  nadie te lo puede quitar, tampoco quien te lo dio, es tuyo aunque no lo creas.

Sí, mi vocación es un regalo, pero con un diferencial; a veces cuando  nos hacen un regalo, nos lo hacen por conveniencia o porque lo merecemos, y ni El

Señor  necesita hacerlo, ni tampoco yo lo merezco, me la dio de manera totalmente gratuita.

Me la regaló simplemente porque a Él le encanta hacer grande las cosa pequeñas.

Gislany