Este año de noviciado decidimos  hacer una huerta en el terreno que tenemos en la casa.

Al comienzo nos costó arrancar y poner en práctica lo que pensamos, pero cuando nos pusimos en la obra nos metimos de lleno: planteamos lo que podríamos sembrar y preparamos la tierra.

Gracias a las crisis y enfados se hizo rápido el “arar la tierra”. Como era la primera vez que nos metimos en esta aventura de la huerta, lo hicimos como nos parecía entender, sin tener mucho conocimiento del tema.

Viendo cómo se desarrolla las cosas en la huerta, puedo decir que ser campesino/a no es fácil, uno tiene que considerar muchos aspectos: la tierra, el clima, la disposición de las semillas, el tiempo para dedicar...  Pero gracias a la buena tierra y el clima que tenemos aquí, en tres meses tuvimos una buena cosecha.

Mientras en el campo la gente lo hace para ganar la vida nosotras lo hemos hecho para aprovechar el tiempo, y a pesar de que en algunos momentos nos exigió un cierto esfuerzo y dosis flexibilidad,  la verdad es que tuvimos muchos ratos de distensión y risas.

Hay dificultades para conseguir los frutos pero cada momento es gratificante: la alegría al sembrar,  al ver cómo crecen las plantas, y aún más cuando es tiempo de cosechar, ver que nos puede servir en casa y que podemos compartir  con alguna familia que pasa necesidad económica.