Me hice Esclava porque creo que “Dios me llamó desde el vientre de mi madre”. Pero para que podáis comprender esta expresión tengo que compartir la historia de mi vida.
Soy la mayor de ocho hermanos; desde mi nacimiento fui una niña muy frágil y enfermiza. Recuerdo a mi madre decir que me tenían que llevar frecuentemente al hospital con una u otra cosa. Los médicos nunca llegaron a diagnosticar lo que verdaderamente tenía. Mi madre iba perdiendo la esperanza por días; por eso me ofreció a la Virgen del Perpetuo Socorro.
Mi infancia transcurrió en una zona agrícola y pobre, lejos de coches y de multitudes. Los domingos toda la familia asistíamos a la liturgia que celebraba un ministro de la Eucaristía en la capilla de nuestra pequeñísima aldea. Lo que recuerdo vivamente es que nunca me entró sueño o me aburrí en esas liturgias, como les solía pasar a otros niños pequeños. Las liturgias dominicales fueron para mí siempre una experiencia de unión con Dios, aunque no había tenido nunca catequesis sobre la Eucaristía.
Cuando tenía 8 años, el Pontificio Instituto de Misiones Extranjeras (PIME) abrió una parroquia en un pueblecito de nuestra zona eclesiástica (que abarca varias aldeas); y el Pe. Bossi - el párroco – solía venir frecuentemente a decir Misa en nuestra capilla. Como era extranjero (blanco y con nariz larga) yo, en mi inocencia de niña, pensé que era Jesús, pues tenía la misma cara de los cuadros de Jesús que había visto en la capilla, en mi casa y en otras casas de la vecindad. Desde entonces tuve verdadera ilusión por asistir a la Eucaristía; quería hacerme amiga de Jesús ya que el Pe. Bossi, al terminar la celebración se pasaba grandes ratos hablando de Jesús tanto con los adultos como con los niños. Los domingos, pues, me sentía amada de una manera especial por Dios por la atención que recibía de aquel sacerdote a quien yo creía que era el mismísimo Jesús.
Por otra parte, al ir creciendo en edad, y verme en el seno de una familia disfuncional, era para mí causa de una gran confusión. Había momentos en que nuestra casa parecía más un infierno que un hogar. En este ambiente hostil, mi deseo de ser amiga de Jesús se fue desvaneciendo gradualmente.
Cuando tenía 10 años, recuerdo un día que, mientras estaba lavando ropa, me pregunté para mis adentros si habría otra vida diferente de la que yo estaba viviendo. ¿Cómo sería la vida de la gente más allá de nuestra aldea? ¿Podría mi vida ser diferente en otro lugar? ¿Podría mi vida algún día tener sentido y propósito? Entonces empecé a sentir interiormente que Dios me llamaba a algo mejor. Pero en aquel tiempo - y siendo aun muy niña - jamás pude imaginar la vida que me esperaba en el futuro. Nunca había visto a una religiosa, ni tenía la mínima idea de que existía la Vida Consagrada.
Recién cumplidos los 13 años algunas noches no podía dormir tratando de encontrar la contestación a las peguntas que he expresado anteriormente. Y poco a poco empecé a sentir la necesidad de dejar nuestra aldea y de encontrar… ¿qué? Yo no sabía a ciencia cierta lo que tenía que encontrar, pero en lo profundo de mi ser tenía la certeza secreta de que había algo más allá de nuestra pobre y pequeña aldea.
Un buen día una señora pariente de mi padre, que vivía en un pueblo lejos de nosotros, sabiendo que yo quería estudiar bachillerato se ofreció a aceptarme como becada-trabajadora en su cafetería. Después de mucho suplicar a mi padre - que no creía en los “estudios de mujeres” pues éstas terminarán casándose y siendo amas de casa - por fin me dio permiso, y pude dejar detrás las cuatro paredes de mi aldea y conocer otra clase de vida. El domingo siguiente de mi llegada, mi tía me llevó con ella a una Parroquia muy grande; y desde aquel día fui fiel en asistir a la Eucaristía diaria y a confesar regularmente.
Una vez terminado el Bachillerato, mi sueño era estudiar la carrera de Comercio para en el futuro poder trabajar y construir una casita donde traer a mis hermanas conmigo para que pudiesen también ellos estudiar. No habiendo ningún Centro de Estudios Superiores en el pueblo de mi tía, tuve que trasladarme a Ipil donde había un Centro Educativo llevado por la Diócesis. Trabajaría unas horas para tener el suficiente dinero para los estudios, alojamiento y comida y el resto lo dedicaría a estudiar.
Durante mi segundo año de carrera sufrí una gran crisis y me sentí perdida. Empecé a faltar a las clases, a salir de noche con mis amigas a la discoteca volviendo a casa al amanecer. Yo no entendía lo que me estaba pasando; me convertí en una persona diferente, aun físicamente, pues trataba de esconderme bajo un fuerte maquillaje, y rizándome el pelo. Y lo que es peor, dejé de ir a la Iglesia y de frecuentar los Sacramentos.
Un día, después de haber estado toda la noche de pandilla, sentí un cansancio enorme, estaba como agotada. En cuanto llegué a casa me metí derecha en la cama e inmediatamente caí en un sueño muy agitado. Cuando desperté lo único que sentía era una gran tristeza; pero no era una tristeza ordinaria, sino algo muy especial, como si me fuese a morir de dolor. Estuve llorando sin parar más de dos horas. Era la primera vez en la vida que lloraba de esa manera. En aquel momento no había “nada” en mi corazón, ¡solo llorar!
Después de este episodio me invadió totalmente una gran paz, mientras que oía como si una voz interior me estuviese diciendo: ¿Qué has hecho de tu vida? Entonces caí en un profundo sueño reparador varias horas. No recuerdo cuantas fueron; se que fueron muchas. Al despertar me sentí movida a ir a la Iglesia; era la Tercera Semana de Adviento de 1993. Recuerdo haber asistido a la Eucaristía con un profundo recogimiento interior, mientras sentía como si la comunidad de los ángeles en el cielo me estuviesen dando la bienvenida por haber regresado a “casa”.
Y milagrosamente – y sin yo percibir cómo– cambié totalmente. Me tomé los estudios en serio, y sentía una paz interior que jamás había experimentado. Era algo como si Dios me estuviese preparando para algo grande. En la Facultad me hice amiga de una compañera - Annabel - que era Becada de las “Spinola Sisters”. Un día Annabel me presentó a las Hermanas Spínola y, por su medio, me aceptaron el curso siguiente como Becada universitaria. Entonces empecé a asistir regularmente a la formación semanal que daban a los Becados.
Una vez terminada la carrera de Comercio las Hermanas me ofrecieron un puesto de trabajo como ayudante de Secretaría en el Colegio Marcelo Spínola que acababan de abrir. Mi contacto con las Religiosas me permitió conocer su estilo de vida y su espiritualidad. Me admiraba mucho ver con que cuidado y dedicación trataban a los alumnos, especialmente a aquellos que necesitaban de más a tención y cariño. Fue entonces cuando empecé a descubrí el significado de lo que es ser educadora.
Al año de estar trabajando con las Esclavas, y por medio de la formación que recibíamos docentes y no-docentes – fui creciendo notablemente en muchos aspectos de mi vida; y lenta, pero seriamente, empecé a buscar la Voluntad de Dios sobre mí, mientras que me acompañaba espiritualmente una de las Hermanas.
Encontrar la Voluntad de Dios en mi vida no fue fácil. Lo primero que pensé fue quedarme soltera, pues siendo la mayor de mis hermanos y hermanas, me sentía en la obligación de ayudarlos/as a que pudiesen terminar los estudios.
Durante ese periodo hubo momentos en que me enamoré y deseaba casarme para tener mi propia familia. Cuanto más me debatía entre una soltería-consagrada o el matrimonio, más confusa me sentía pues ambos estados tenían sentido para mí dentro de una autentica vida cristiana. Terminé poniéndome en relaciones con un chico muy bueno, que por su parte se tomó las relaciones muy en serio, y llegamos a amarnos de verdad. A pesar de mi contento, había algo dentro de mí que me tenía confusa porque cuanto más reflexionaba en mi corazón sentía que aquel amor humano - dado y recibido- o sea, aquellas relaciones no eran suficientes para mí; era como si me faltase “algo”, sin saber lo que era ese “algo”.
Inconscientemente estaba buscando un amor más profundo y hermoso que el que me ofrecía mi novio. “Sentía”, sin ni siquiera sentirlo conscientemente, que Alguien - Jesús mismo – estaba esperándome hacía mucho tiempo. Y en mi deseo de darme totalmente a Él, por primera vez en mi vida sentí una profunda fuerza interior. Por amor al Señor, me sentía dispuesta a sacrificarlo todo: a mi novio, mi carrera y mi familia.
Pero mi decisión me costó mucho sufrimiento. Mis padres se opusieron muy enfadados a mi decisión. Me presionaban a que trabajase unos años más para que mi hermana – a quien yo estaba pagando los estudios – terminase la carrera. Por lo tanto seguí trabajando y retrasé mi entrada al Postulantado para continuar ayudando a mi hermana. Pero en lo profundo de mi ser yo no era feliz. Antes de que terminase el primer semestre mi hermana me dijo que estaba embarazada de su novio, por lo tanto no podía terminar sus estudios. Durante ese mismo año mis padres se separaron. Mi madre abandono el hogar durante más de un mes, pero regresó para reconciliarse con mi padre. Pero la vida no era fácil para ninguno de nosotros porque nuestra casa se convirtió en un lio de malentendidos y violencia.
En medio de los problemas familiares, mi llamada a la Vida Consagrada se hacía cada vez más fuerte. Sin posibilidades de poder ayudar en la situación familiar, dejé mi familia e ingresé en el Postulantado sin el consentimiento de mis padres. En lo más íntimo del corazón tenia la confianza de que mis oraciones y mi vocación religiosa - ofrecidos por ellos – podían hacer más que mi presencia física.
Después de dos años de formación, y antes de empezar el Noviciado, se me dio la oportunidad de estar unos días en mi casa. Viendo su pobreza y lo mucho que mis padres tenían que trabajar en el campo, y mis hermanas/os sin estudios superiores, estuve tentada de sacrificar mi vocación y trabajar para ayudarlos.
Cuando le conté a mi madre mi decisión de no volver a la Vida Religiosa me dijo entre lágrimas: “Hija mía, de pequeña eras muy enfermiza y en una ocasión estuviste muy grave; pensábamos que te ibas a morir. Por eso te ofrecí a la Virgen del Perpetuo Socorro y recobraste milagrosamente la salud. Desde ese día comprendí que no nos pertenecías. Además yo no podrida soportar el dolor de verte desgraciada por no haber seguido en la Vida religiosa si Dios te llama a ella. Él tendrá cuidado de nosotros. Pero si un día te dieras cuenta de que la VR no es para ti, me sentiría feliz de que volvieras a nosotros”.
Con estas consoladoras palabras y la asombrosa gracia de Dios, regresé a la Casa de Formación para comenzar el Noviciado. ¡Verdaderamente Dios se encargó de cuidar de mi familia! Al terminar los dos años de Noviciado visité a mi familia y mi madre tenía una pequeña tienda de comestibles con una buena ganancia; y nuestra tierra, cultivada por mi padre, daba buenas cosechas. Mis hermanos y hermanas estaban de nuevo estudiando.
Por lo tanto continué el Juniorado llena de esperanza; y Dios, por medio de la formación, me fue transformando gradualmente. Aprendí a perdonar y a aceptar a mi familia con todas sus imperfecciones. A nivel personal, experimenté la sanación interior de todas las situaciones dolorosas pasadas; y seguí experimentando la gracia de Dios en mi familia, en mi vida de comunidad y en las personas que Dios me enviaba cada día.
En 2009, con la gracia de Dios y la ayuda moral y espiritual de la Congregación, pronuncié los votos perpetuos.
Hoy en día, me siento una Esclava feliz sirviendo al Señor, mientras que le pido cada día la gracia de ser fiel a mi vocación hasta mi último aliento en que me encontraré con el Dios que irrumpió en mi vida de una manera tan misteriosa porque ¡me amaba con un amor infinito desde toda la eternidad!
¿Comprendéis ahora porque creo firmemente que “Dios me llamó desde el vientre de mi madre”? Como veréis, no puedo pedir a Dios ni a la vida más de lo que me han dado. Gracias, ¡AMEN!
Emely U. Fernandez, ADC
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Me piden que responda a esta pregunta: ¿por qué eres Esclava? Y, sin pensarlo mucho, me pongo a escribir estas letras…
El próximo 15 de septiembre hará 16 años que entré en la Congregación, lo hice cumplidos los 20 años con mucha ilusión y ganas de seguir al Señor y también con algunos miedos… “¿sería esta vida para mí?” “¿qué me iba a encontrar?”… éstas y otras muchas preguntas me hacía a mí misma por aquel entonces.
Para mí seguir al Señor era sinónimo de vivir la vida de una manera auténtica, de vivir desde lo que realmente es importante… y tenía la certeza de que siguiéndole a Él, confiándole mi vida y conociéndolo cada día un poco más… sacaría lo mejor de mí. Y así fue como di el paso para entrar en la Congregación.
Tengo que confesar que a veces he pensado que no sé de dónde salió la fuerza, en aquel momento, para dejar mi casa, mis estudios… ya que estaba muy unida a mis padres, a mi hermano y estudiaba Veterinaria, una carrera que me encantaba y que desde muy pequeña había querido… estaba ya en el segundo año y, sin embargo, algo o Alguien empujaba dentro de mí para dar el paso…
Después de estos años vividos, tengo que decir que no me arrepiento, sino todo lo contrario… me alegro de ser Esclava y siento que esta vida me hace feliz… y no porque tenga muchas cosas… tampoco porque lo que hago me salga o no bien… es otra cosa… es la felicidad de experimentar un amor profundo, que vive dentro de mí, que me ilusiona y me invita a vivir cada día con ilusión… un amor que me recuerda cada día qué es lo que merece la pena, que me hace ver que la vida es bonita cuando la das, no cuando la retienes… que la vida es más plena cuando los miedos o las dificultades no ganan la partida y sí lo hace la confianza en el Señor.
Creer e ir conociendo cada día un poquito más al Señor es mi suerte, es ese tesoro del que habla el Evangelio… y Él me habla de amar en lo concreto, de salir de mí, de arriesgar. Esto es lo que me encanta del Señor… Él me recuerda que la vida se me ha dado para vivirla de verdad, no para guardarla… y donde descubro que esto se hace realidad es siguiéndole a Él y perteneciéndole por entero… sin reservarle nada sino dándole todo lo que soy… cada día… esto me ilusiona, me da sentido, hace bonita mi vida… por eso soy Esclava.
Esto no quiere decir que tenga todo claro, ni que no tenga dificultades… claro que las vivo, eso forma parte de la vida y claro que hay momentos en que me ha costado ver la presencia del Señor y han sido más difíciles.
Al mismo tiempo que percibo el amor y la llamada del Señor, también experimento mi propia cerrazón, mi propia sordera, mis propios límites y resistencias… y, en medio de todo eso, lo que descubro que me da luz, esperanza, alegría… es confiar de nuevo en Él, mirarlo a Él y dejarme conducir por Él… por eso soy Esclava, porque al final, lo que descubro que me hace feliz es dejar que Jesús sea quien me guíe, quien me llame por mi nombre cada mañana, quien me enseñe a mirar a las personas y a la realidad como Él lo hace, a querer como Él… y esto me encanta y nunca deja de sorprenderme… Él me abre cada día el camino y pone en mí el deseo de recorrerlo con Él, desde Él… como Esclava del Divino Corazón.
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Ya he cumplido mis primeros 4 años de votos perpetuos, es poco cuando se mira desde la cantidad, pero son bastantes cuando los miramos desde la experiencia y eso es lo que quiero compartir con ustedes, cómo el Señor va llamando cada día y esa llamada se hace nueva cada en cada experiencia, en cada momento.
Pensar en estos tiempos en una vida consagrada al Señor para siempre, muchas veces asusta, sin embargo esa vida está llena de sorpresas, de conquistas, de grandes momentos y también de momentos difíciles o duros. De todas maneras el Señor siempre se hace presente, acompaña, guía, alimenta y sobre todo da la gracia y la fortaleza. Él es fiel.
El salmo 34 (33) dice. “Has la prueba y verás que bueno es el Señor” quien escribió este salmo con toda certeza, había experimentado en su vida, la misericordia, el perdón, la fidelidad de Dios.
Eso ha sido para mí estos años de vida consagrada: misericordia de Dios para conmigo. Él no se cansa de esperarme, cuando me hago la encontradiza, o me escondo como Adán y Eva en el jardín del Edén, o busco escusas; no se cansa de levantarme cuando tropiezo y caigo y de celebrar y hacer fiesta en mi corazón, cuando como el hijo pródigo vuelvo a casa.
Eso es, el Señor siempre hace fiesta, Él celebra porque es el Dios de alegría, de encuentro, de amor. “Yave tu Dios, está en medio de ti, el héroe que te salva. Él saltará de gozo al verte a ti y te renovará su amor. Por ti danzará y lanzará gritos de alegría.” (Sof. 3, 17). Este profeta vivió una experiencia extraordinaria con Dios, su amor se le manifestó en la fiesta, en la alegría. Es grandioso poder descubrir, vivir que es Señor está en medio de mi vida y además hace fiesta por mí, el Señor le gusta estar alegre y por eso nos invita a la alegría, a celebrar su paso por la vida de cada uno.
Consagrar mi vida a Él es hacer fiesta siempre, es estar siempre, desde su gracia en constante encuentro con quien sé que me ama. Jesús, mi Señor.
Ser Esclava del Divino Corazón, es cantar como María. “La grandeza del Señor”, porque “se ha fijado en mi pequeñez”.
Ser Esclava del Divino Corazón es seguir el modelo que Dios nos regaló desde siempre, María de Nazareth y decir como ella: “aquí estoy Señor, has de mí como has dicho”
Esa es una entrega total, un abandono en las manos del Señor, es vivir como Marcelo Spínola, viviendo siempre de la fuente, del Corazón de Jesús, es dejar que el Señor haga en mí y por mí lo que Él quiera, pero como esa confianza total, yo aún no la poseo, pido al Señor me regale su gracia, me dé valentía y sobre todo rendición a sus pies, como la tenía Celia Méndez, y así su proyecto de amor se vaya haciendo realidad.
Haber sido llamada por el Señor a formar parte de esta vida, es el mejor regalo que he recibido, un regalo que no se daña, ni se agota, ni se estropea, porque el Señor lo renueva cada día; cada día me sorprende, cada día hace nueva esa llamada, cada día me manifiesta su amor, solo que a veces me distraigo en tantas cosas, entonces me tiene que decir como a Martha, “Martha, Martha, andas en muchas cosas”, o simplemente me distraigo y no veo todos sus detalles de entrega y fidelidad para conmigo.
Me los da a conocer a través de personas concretas, momentos claves, a veces tan pequeños, pero que llenan por completo mi ser de su amor. En esos momentos que suelo expresar: Gracias Señor, qué sería de mí sin estos momentos de amor y encuentro” y siento que Él sonríe conmigo. A través también de paisajes, de silencios, de su Palabra, de la brisa suave… en fin a través de todo estás colmando mi vida de ti. Gracias mi Señor.
Gracias Señor por tanto amor dado, por esperarme siempre, por tu llamada nueva cada día, por invitarme a ser Esclava de tu amor. Dame la gracia de seguir tu camino con alegría y en fidelidad.
Señor tú me conoces, sabes todo de mí, sabes que te amo, pero sé que aún debo seguir creciendo en tu amor, sé que estoy en el inicio del camino. Dame tu gracia. Con cariño.
Ledys Labrador. adc
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Por qué me hice Esclava? Descubrí un proyecto del Señor para mí y es que sea FELIZ.
Esta historia se fue consolidando a través de los años, y como todo camino requiere de un “tiempo de crecimiento", donde fui descubriendo las raíces que fortalecieron en mí este proyecto:
Son los sueños de Marcelo y Celia que me invitaron a la aventura de formar el corazón, el amor apasionado al Corazón de Jesús y a María Inmaculada.
Luego fue la acogida de la Congregación, el cariño de las Hermanas, la experiencia de Dios en la Persona de Jesús., especialmente en lo que mostraba su Corazón.
Los testimonios de las primeras religiosas que contagiaron esta pasión por el Amor a Cristo.
Los niños, y los jóvenes que me evangelizaron el corazón en el compartir el tiempo con ellos. Me siento bendecida, amada y mimada por el Señor al decir Soy Esclava. Soy feliz.
Con amor eterno te amé Jr.31,3 cada día sigue resonando en mi corazón esta Palabra, cada día el Señor confirma este amor en mi vida. Mi vocación como Educadora y también la celebración de mis bodas de plata de profesión religiosa, lo confirman.
Graciela Machado, ADC
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Ser Esclava del Divino Corazón ¿por qué?
Parecerá un tópico, pero lo primero que me viene a la cabeza es decirte que: porque Dios quiso. Y a veces me digo que literalmente tuve la sensación de que Él puso mucho empeño. No es algo, esto de la vocación religiosa, que yo sintiese desde la infancia, ni siquiera como adolescente. Hubo un momento, acabando los estudios en los que se me pasó por la cabeza y reaccioné empujando la idea lo más al fondo que pude. Pero si el Señor se empeña no hay manera. Poco a poco, lo mío fue como un goteo de pequeñas certezas, de ideas pequeñitas que si no crecían, al menos se iban juntando unas con otras e iban construyendo algo dentro de mí. Y así, un día la certeza de que esto era lo que el Señor quería para mí fue algo que no me pude negar a mí misma. Intenté no verlo, no pensarlo, incluso mentirme, pero no funcionó. En mi vida hay determinadas cosas que cuando las he visto patentes, cuando de alguna manera se han hecho visibles, ya no puedo borrarlas. Siempre he querido ser una persona coherente, es algo que me enseñaron en casa desde muy pequeña, mis padres, mis hermanos, siempre le hemos dado mucho valor a las personas que eran fieles y coherentes con lo que veían. Luego, en el colegio fue algo que se reforzó. Así que cuando fui un poco mayor, y con aquella certeza construida a poquitos en mi vida, no pude hacer otra cosa, no pude negarme. Y ahora, con algo más de distancia, entiendo que a pesar de costarme eso de “ser monja”, no quise negarme a ello. Cuando entiendes que por ahí va tu vocación, que es lo que llenará tu vida de sentido, negarse a lo que el Señor quiere se vuelve una tontería.
Pero mi proceso fue lento, todavía siento que es una vocación en construcción. De alguna manera tener certeza en un momento no te quita las dificultades del camino, ni las ganas de no complicarte la vida o las dudas que asaltan. Pero Dios hace las cosas bien, como se suele decir: “no te pide nada que no te haya dado antes”
Yo siento que en mi proceso, en mi caminar haciéndome Esclava del Divino Corazón ha sido algo muy importante el acompañamiento. En el Colegio ya estaba presente, las religiosas siempre han ido estando ahí, cercanas, con miradas cariñosas. Luego, una vez decidida, religiosas que me acompañaron y confrontaron, o mejor dicho, que me acompañan y confrontan.
Algunas veces me he preguntado por qué en esta Congregación, por qué no en otra. Creo que son cosas que hace Dios. Yo a pesar de llevar toda la vida en un colegio de las Esclavas del Divino Corazón, sabía bastante poco de su Carisma, de lo que era más característico de ellas. Me empujó quizás la seguridad de lo conocido al principio, el hecho de que la idea de la educación no me era extraña. Pero lo definitivo no fue nada de eso, fue el momento en el que comencé el postulantado y reconocí en otras hermanas lo que yo sentía por dentro. Descubrí que para ellas era muy importante transmitir que eran queridas por el Señor de una manera personal, de tú a tú, y que era muy importante, vital, comunicar esto a los demás; “Transmitir el amor personal de Cristo”. Allí todo encajó y desde entonces, aunque ha habido dificultad y ninguna vocación creo que sea sencilla, nunca he tenido dudas de que era donde el Señor me quería. Otra cosa es que una a veces se resiste a estar donde el Señor nos quiere.
En fin, esta es mi pequeña historia de por qué soy Esclava del Divino Corazón.
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Me preguntan que por qué me hice Esclava y siento que tengo que remontarme a hace ya algunos años y a la vez sencillamente conectar con un fuego que sigue vivo y se mueve hoy dentro de mí.
Me hice Esclava porque hubo un tiempo en el que un Tú (Dios), sorprendente, entonces desconocido, se me puso por delante y me pedía con fuerza ser conocido. Recuerdo que todo empezó en BUP, en el silencio de las Marchas Montañeras. 15 minutos de silencio al comienzo de la caminata. Y entre distracciones y el sonido de las pisadas de la de delante fue naciendo dentro de mí una experiencia diferente y nueva: hay Alguien que cuando yo me callo habla, parece que le importo, me habla no sé qué de amor… y ese Tú por dentro fue como atrapándome, así, mes a mes, como quien no quiere la cosa. Un Tú que me hacía feliz por dentro y me generaba pasión por la vida, por las personas, por el mundo… como una manera nueva de estar en la realidad.
Junto a esto, fui descubriendo cómo la vida de las monjas de mi colegio, las Esclavas, concentraba ese hambre de Tú que yo sentía por dentro. Ellas lo conocían y yo intuía que vivían por Él. También descubría que vivían felices con poco, que había pasión en sus planteamientos, en sus opciones, también descubrí la pasión en sus miradas. Ser Esclava me hablaba de pertenecerle a ese Tú y de vivir para los demás con pasión… ¡y eso conectaba con lo que yo poco a poco iba notando por dentro!
Hoy, después de unos cuantos años, sigo teniendo ese mismo fuego por dentro y ese Tú, siempre Mayor, me pide ser más conocido, más amado, más entregado, más anunciado. El Reino, que es la lente desde la que entiendo el mundo y la realidad, se me va haciendo cada vez más real y también más hondo. A veces parece que me voy enterando más con el alma que es eso de ponerme a caminar con el Tú y el Reino en el horizonte, otras me vivo despistada y con cansancios… pero tengo que reconocer que siempre me sorprendo como imantada por Él y en camino, junto a otras pisadas hermanas Esclavas, que me ayudan a no perder el ritmo y a sentirme día a día acompañada.
Irene del Río Merchán ADC.
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Por qué soy Esclavas? es una pregunta que requiere mucha reflexión del pasado. Mi historia personal es un poco complicada. Estuve en otra Congregación, por causas políticas de mi País tuve que escapar de muchos lugares hasta llegar a la diócesis donde estaban trabajando las Esclavas.
Era perseguida por los agentes secretos del Régimen del ex-presidente Marcos, por los trabajos que hacía de la Iglesia en favor de los pobres. ¡¡¡Me condenaron como rebelde!!!! Fue una coincidencia que los rebeldes rojos del partido comunistas ilegales en mi tierra, hablaban del misma tema de la liberación de los pobres.
Los militares pensaban que yo era también líder de los rebeldes. Me llevaron a la cárcel, después de algún tiempo, con las ayudas de los Obispos de Filipinas y sobre todo de Mons. Federico Escaler S.j. Fui rescatada de la cárcel y fui a trabajar con el en su nueva Diócesis de IPIL. Ahi, en este lugar fue donde me encontré con Angeles Martínez, Rosario Delgado, Nilda, Boni y Milfor.
Con el contacto, el testimonio de las vidas de estas hermanas, poco a poco Dios me fue revelando lo que realmente buscaba en mi Vida. Las horas de oración combinando con el celo apostólico de las hermanas me atraía tanto… yo pedía al Señor señales para poder ver claramente lo que Él me quería de mí para el resto de mi vida.
Dios, es un Dios de Amor. Realmente, El me acompañó en el duro camino de búsqueda y con la mediación de mi Confesor Mons Escaler, S.J, me indicó el camino para gastar el resto de mi vida... Después de muchas oraciones, discernimiento y las intervenciones de las personas de Dios, entré en la Congregación de las Esclavas. A pesar del problema político que tenía, Dios había preparado todo el terreno para que yo pudiera hacer su voluntad.
Me mandaron a España, en contacto con las raíces de la Congregación, sus obras, la vida de los fundadores etc... conociendo a mis compas del Noviciado, Fátima y Victoria, crecimos juntas en este camino de Feliz Esclavitud.
En este momento, estoy en Angola, Feliz y contenta trabajando con los africanos en este país....
Mirando hacia atrás puedo decir que Dios escribe Feliz y recta en las líneas torcidas de mi Vida, puedo decir con las frases de la Madre Celia: “Voluntad de mi Dios yo te amor”.
Porque Soy Esclava???? porque Dios lo quiere para siempre.
Joy ADC
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Mirando la imagen del Cristo de Javier, con el que me he encontrado este verano en los EE.EE de mes, fluye la respuesta a la pregunta: “¿por qué soy esclava?”.
Sincera y sencillamente por gracia, es don que agradezco, regalo que no puedo apropiarme, es ¡lo mejor que me ha podido pasar en la vida!
Desde que nací he tenido y tengo referentes de fe en mi familia, con 13 años en clase recibimos la invitación a formar un grupo de oración donde empecé a conectar más personalmente con el Señor; el testimonio de vida de las religiosas del Sagrado Corazón, su cercanía, atención personal, confianza, prepararon el terreno.
Cuando conocí a las Esclavas, el corazón se me fue abriendo poco a poco, más y más y escuché con claridad la llamada del Señor a estar con Él y a contagiar su amor, en comunidad.
El Señor se sirvió de personas concretas, de esclavas que con sus vidas, me despertaban el deseo de responder a lo que ya había oído. Ana, Mª Pepa, Victoria, Mariló, Elvira, Pilar, Amalia, Vega, María, Manuela, Carmeli, Juana, Mª José, Rosario…; en la tutoría, en Montañeras, en los campamentos, en los retiros, en las Marchas, en las salidas a lugares de sufrimiento, en las clases, en los recreos… con sus vidas, me pusieron delante una forma de seguir al Señor, un camino que me llenaba de alegría. Me ayudó, el ambiente de familia, el contacto con la naturaleza, los momentos de superación, la fuerza del grupo, las salidas,… también la referencia y cariño a María Inmaculada.
Cuando hice COU mis compañeros que no habían vivido lo mismo, me hacían que resonara más fuerte la llamada a vivir el amor personal de Jesús y de transparentarlo.
Después he aprendido en la vida, que en los modos nos jugamos todo ¡y es verdad! porque no era una, eran comunidad; no eran iguales, tenían algo-Alguien en común, no trabajaban, se entregaban,…y todo con alegría, con sencillez, con cercanía, con dedicación, asumiendo los límites propios, los de los demás, los de la vida. Todo con y por el Señor y los demás, me decían que confiaban que “todo lo podían en El”, el Señor, presente en el encuentro diario en la oración y en la Eucaristía.
Hoy ser esclava para mí es ser mujer de fe, llamada a vivir una historia de amor y seguimiento, en la Iglesia, con un Carisma lleno de vida, en la Familia Spínola. Y con el paso de los años, mientras más se me desvela el Señor, mas deseo entrar en su banquete, ser suya, vivir con Él y como El, con unas hermanas concretas, siendo cauce de misericordia y compasión para todos.
Su mirada, de frente y desde abajo, tocando por dentro suavemente de forma que convierte, que sana, que salva, que alivia… quiere ser la mía.
Su modo de venir, de nacer, de estar, de caminar por los caminos de Galilea, de marcharse despidiéndose y quedándose, sirviendo, rompiendo la verticalidad; y de regresar regalando paz, todo con humildad… quiere ser mi horizonte.
Los ojos y el Corazón de Jesús, la fuerza de sus sentimientos, me van diciendo porqué soy esclava.
Concha Cazorla. ADC
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No sé no porque estoy aquí. Yo vivía en el Centenillo (un pueblo de Jaén) y estaba en nuestro colegio de Linares.
Haciendo Ejercicios espirituales con M. Caridad y M. Fernanda el cura habló del joven que no siguió a Jesús, que miró atrás y eso me marcó.
Yo sentía que el Señor me llamaba porque no encontraba un sitio que me diera paz como cuando hacía visita al Santísimo en los pueblos. Hablé con un cura que me dijo que era vocación.
Mis padres no querían que me fuera al noviciado, me dijo mi padre “si apruebas te vas”, no aprobé y me fui. Tenía entonces 17 años.
Un día en el juniorado M. Pacis, tocó la campana en el comedor diciendo “Hna maravillas se va a Japón y la que iba con ella no va, la que tenga inquietud para ir a las misiones que ponga un papelito en el correo de M.Estíbaliz”. Muchas salieron corriendo a poner los papeles. Yo no puse papel ninguno. En el recreo M. S. Alejandro me dijo “paisana ¿has puesto el papel?” “yo no porque no siento una vocación especial para ir al Japón”. M. Estíbaliz se enfadó y dijo que M. Pacis había dicho que pusiéramos el papel definiéndonos: yo puse que no tenía vocación especial pero que si me querían mandar yo me iba. Me llevaron a M. Anunciata “esta es la que se va a Japón” (tenía 22 recién cumplidos, un año de juniora).
En España no dejé nada (iba a empezar a estudiar cuando me dieron el destino).
M. Anunciata dijo “si es pequeña ya crecerá”. Cuando lo dije en mi casa la reacción de mi padre fue “muy mal tiene que estar la congregación cuando te mandan a ti”. Toda mi familia fue a Linares a la toma del crucifijo de misionera. Me despedí de ellos y me dijo mi padre “no decepciones nunca a Dios ni a la Congregación que ponen esta responsabilidad en ti” y aquí llevo 52 años y feliz.
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Todo el universo es huella del Señor: las flores silvestres, las rosas elegantes, las hojas de otoño que caen… todo, todo es huella del Señor. Cuando con serenidad vuelvo a reflexionar sobre mi vida, veo que también en ella están las huellas de Dios.
Los valores que se promovían en mi colegio (protestante) eran transparencia, derecho y alegría. Una vida llena de amor, alegría, fortaleza, verdad, autenticidad.
Para vivir esto me encontré con las HH Spínola: para comunicar a los jóvenes a Cristo, vivir el amor. Que otros encuentren la luz de la fe.
Primero quise entrar en vida contemplativa, después pensé que mis estudios podrían servir para el Reino de Dios. S. Pablo vivió vida contemplativa y apostólica, ahí encontré mi respuesta.
Me atrajo de la Congregación el nombre: “Esclavas del Corazón de Jesús”. HH. Carmen París y Estrella del Rey me acompañaron en el camino de la fe y gracias a ellas soy quien soy.
Dijo un poeta “Señor, Señor que mi vida vaya tras tus huellas”. El Señor me llamó y por eso estoy aquí.
¡¡ Viva Jesús!!
¡¡Viva Marcelo Spínola!!
¡¡Viva Celia Méndez!!
¡¡Viva las hermanas de la Congregación!!.
Yuri ADC
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Soy Esclava porque el Señor, la realidad que vivo, mi familia y otras esclavas así me lo gritan, no sólo en el momento de mi primera decisión, sino en los diferentes momentos por los que he pasado en mi vida, y en mi día a día.
Soy de Sevilla, y entré en el colegio que tenemos allí gracias a madre Belén. Así que este fue el primer instrumento del que se valió el Señor para llamarme. Unido a todo lo que fui viviendo en él de grupos, catequesis, estudios, amistades, está lo que a través de mis padres, mis hermanos, mi familia también me ha ayudado a crecer y madurar mi fe y mi vocación.
Con 16 años, preparándome para recibir la confirmación, fue cuando me planteé con más fuerza… y después de la confirmación, ¿qué? El acompañamiento personal, la experiencia del grupo de montañeras, de las colonias spínola… todo eso me dio el empujón final, y me decidí a entrar, no sin antes “luchar” un poco con la resistencia de mis padres, que me pedían dejarlo para un poco más adelante.
Entré contenta y con ganas de comerme el mundo. Ya el Señor se encargó de ponerme los pies en la tierra, y de hacerme madurar poco a poco. Mi camino en Málaga en el noviciado, Sevilla y Valdezorras en el juniorado, me ayudaron a dar mi sí definitivo.
Después de un tiempo trabajando en nuestros colegios de España-Sur, pedí una experiencia misionera, y vine a Angola, donde ya me quedé y donde me siento en casa. Son ya 9 años viviendo en esta realidad, con sus carencias materiales y sus riquezas humanas, queriendo dar a conocer que Jesucristo ama a todos y quiere que seamos felices y justos unos con los otros. Vivir en Angola me ha abierto horizontes, me ha hecho descubrir que la fe es universal y que nos une de verdad unos a otros. Convivir con hermanas de otras nacionalidades, culturas, me hace enriquecerme y descubrir otros valores, otros puntos de vista de la realidad, otra manera de ver la vida.
El Señor me sigue gritando en esta realidad de carencia y dolor, en el día a día de este pueblo de Angola. Y no quiere que me quede, como esclava, con los brazos cruzados. Intento poner mi grano de arena ante esta inmensa tarea de estar y vivir entre los más pobres. Soy feliz aquí, y creo que, por encima de mis limitaciones y pobrezas, el Señor me llama a seguir aquí.
Carlota ADC
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¿POR QUÉ SOY ESCLAVA?
Soy Esclava porque esto es lo que Dios quiere de mí y estoy muy feliz de serlo.
Llevo en la Congregación desde mis primeros votos casi 25 años. Echo la vista atrás, tenía 16 años y al principio fui consciente del don de la llamada que Dios como una idea feliz después de la graduación de la escuela secundaria. Consideré comenzar Trabajo social, pensando que con este curso, sería fácil para mí para convertirme en una hermana. Pero, por supuesto, quité esta idea de mi mente... Era muy joven para estar seriamente pensando en una idea loca como convertirme en hermana. Pero 8 años después, Dios llamó a mi corazón otra vez... ahora tenía 24 años... Disfrutaba de mi trabajo, así como de la vida con mi familia y mis amigos. Pero, llegó un momento en que sentí la inquietud en mi corazón. No pude encontrar la alegría más en las cosas que solía hacer y tener antes. Estaba tratando de buscar el significado de mi existencia. Podría haber más en la vida que trabajar, estar con mi familia y amigos…
Dios es verdaderamente sabio. En 1984, él me invitó, a través de un amigo, para asistir a un retiro en Leten, fui por pasar el tiempo pero en este retiro, Dios me habló a través del director de retiro que era un extraño para mí. En su discurso, dijo que muchas personas nunca se hacen esta pregunta: "¿Señor, cuál es tu voluntad para mi?" Mientras estábamos más de 5,000 participantes, sentí intensamente que esta pregunta fue dirigida personalmente sólo a mí. Una pregunta que realmente tocó el núcleo más profundo de mi ser, porque hasta ese momento, yo era una de esas personas que nunca le había preguntado a Dios: "Señor, ¿cuál es tu voluntad para mí?" Esta experiencia fue un momento decisivo en mi vida. Sentí profundamente y comprendí que alguien entró en mi vida ordinaria y que es alguien era grande y quería una vida diferente para mí...
Entonces comenzó mi búsqueda de la voluntad de Dios. Asistí a un retiro sobre la vocación y comenzó mi proceso de discernimiento. En poco tiempo, después de tener esta experiencia de una semana, tome la decisión de unirme a las Misioneras de la Caridad en 1995, cuya misión es servir a los más pobres entre los pobres. Así que renuncié a mi trabajo en diciembre de y me fui a mi ciudad natal (sólo dos ciudades de distancia de Ipil) para celebrar lo que se supone que debían ser mis últimas Navidades con mi familia, y para pedir a nuestro párroco una carta de recomendación que necesitaba para mi entrada al postulantado. Sin embargo, el sacerdote fue asignado a otra parroquia y esto me llevó al obispo Escaler SJ, Obispo de la Prelatura de Ipil entonces. Después de escuchar la historia de mi vocación, me aconsejó que discerniera de nuevo. Y estoy tan contenta de haberle obedecido, porque durante ese retiro, que me dirigió generosamente, me quedé con la Congregación de las Esclavas del Divino Corazón (Ipil), y entonces pude sentir que Dios me estaba diciendo que esta era la Congregación donde Él quería que yo fuera. Me sentí como en casa. Me atraía la sencillez de las hermanas y su vida de oración ante el Santísimo Sacramento. Sentí una presencia envolvente entonces. Así, después de cinco días de oración, decidí posponer mi entrada a las Misioneras de la Caridad para que pudiera discernir la voluntad de Dios.
Yo estaba muy agradecida a las hermanas que me permitieron quedarme con ellos durante mi período de discernimiento de enero a agosto de 1985. En el proceso de llegar a conocer la Congregación a través de ellas, dudaba y tenía miedo... ¿Es realmente cierto que Dios me llama a la vida religiosa? ¿Me llama a ser una Esclava? Tuve miedo también por su trabajo apostólico de la educación. Nunca había pensado que yo tenía la capacidad de desarrollar mi misión en una escuela en la que tengo que ponerme delante de la gente y enseñarles. La educación no es donde yo me sentía a gusto. "¿Por qué yo Señor?" Me hice esta pregunta muchas veces. Yo sólo conozco la vida en el mundo de los negocios; Sé muy poco de Dios y nada de la vida de amor y servicio, especialmente en la escuela. "Llama a los demás Señor, no a mí, por favor"... Pero en mi resistencia, Dios a menudo me aseguró: "Myrna, eres mía, te he llamado. No temas, yo estoy contigo dondequiera que yo te envíe".
Después de un largo discernimiento de mi fe, respondí a la llamada de Dios. Mi primer sí fue doloroso porque mis padres se opusieron fuertemente a mi decisión. Pero la llamada de Dios era irresistible. El 15 de octubre de 1985, me uní a las Esclavas y recibí la gracia de vivir con paz y en libertad, mi familia y mis amigos, mi trabajo y todos los valores, para seguir a Jesús.
La Congregación me ha brindado generosamente de mil maneras y medios concretos para que pueda experimentar la riqueza de nuestra espiritualidad y carisma y por lo tanto crecer como Esclava. Sin embargo, el proceso de formación nunca ha sido fácil. Como yo bebo de la fuente, el Corazón de Jesús en la Eucaristía, me llevó a pasar por el doloroso proceso de morir a mi antiguo "yo", a morir de mis propios valores y sistema de creencias que no se ajusta a su corazón para que con su amor y gracia puedan ser transformados conforme a su corazón compasivo y gentil y ser como Él en su vida de amor y servicio.
He experimentado mis propios altibajos mientras me unía a la Congregación y la Iglesia. Pero siempre encuentro una alegría que me impulsa a decir mis muchos síes a Jesús. Creo que lo que me ha sostenido todos estos años es la experiencia del amor personal de Dios, de ser poseído por él, de la belleza de la relación y la confianza. He experimentado este amor de diversas maneras: en la oración, en su Palabra y en los sacramentos, a través de mis hermanas en la comunidad/delegación y en las diferentes partes del mundo, ya que hacen visible el carisma y la espiritualidad de nuestros Fundadores, con mi familia y mis amigos, así como las muchas personas (padres, educadores, estudiantes, etc) con los que tengo el privilegio de relacionarme por nuestra misión como educadoras, especialmente de los pobres que me enseñan a compartir todo lo que soy y tengo. He experimentado este amor con más fuerza en mi propia pobreza, en esa miseria Jesús constantemente me muestra su amor fiel y su permanente presencia. Esto me ha motivado fuertemente a entregarme totalmente a la misión de anunciar su amor personal a través de la tarea apostólica de educación. Es bastante irónico que la misión que tenía miedo de abrazar ha sido generadora de vida para los demás y para mí.
Doy gracias a Dios por el don de la llamada a estar con él, para ser testigo de su amor compasivo y de las oportunidades para proclamar sus maravillas en mi vida como una Esclava. Jesús, fue quien inició todos estos encuentros de amor conmigo, y me hace sentir que he encontrado lo que estaba buscando. Mi búsqueda podría ser como la de aquel comerciante que vende todo lo que tiene para poder comprar la mejor perla que encontró. La búsqueda es costosa, pero para mi no tiene importancia, porque he encontrado mi tesoro: Jesucristo, mi alegría, mi vida, mi Señor, que me ha dado fuerza y me ha enseñado a ser pan que e parte para que otros tengan vida.
También agradezco a María, y con ella vuelvo a decir: "Señor, yo soy tu sierva, hágase en mí según tu palabra."
Myrna ADC
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Ayer por la tarde, estando en la Secretaría General, llegó Fátima a trabajar, y me dice después de un ratito, ¡ah, María José, si yo tenía que pedirte un favor!, y le dije, si está en mi mano, cuenta con él. Me dijo, mira, en la web Spínola hay un apartado en el que algunas religiosas han contestado a la pregunta: ¿Por que soy Esclava?. ¿Tu podrías contestarla?
Desde ayer por la tarde me ronda la pregunta y solo me sale una primera e impulsiva contestación, porque el Señor se encarga de que lo sea. El me sigue queriendo Esclava suya, no me ha retirado nunca, su fidelidad. La mía, podré decir que a veces, se ha nublado, no sé si decir que incluso se ha desdibujado, pero El siempre me ha recuperado. Ese sería el principal y único motivo. SU AMOR Y SU FIDELIDAD.
Su Amor. Puedo decir que cuando leo el Ps. 138, 15-16 en el que se dice “Cuando en lo oculto era formado, entretejido en lo profundo de la tierra, tus ojos veían mi ser informe. En tu libro estaban escritos todos mis días, ya planeados antes de llegar el primero”, esa continua atención de su Amor, con la mirada atenta encontrada día a día en la oración ha ido llevando mis días.
Yo soy melliza, y muchas veces pienso, mirando la vida de mi hermana, que fuiste caprichoso al elegirme a mi, porque verdaderamente fué su elección la que me hizo Esclava, para nada mis merecimientos. Esto me hace exclamar muchas veces: ¡Señor que sería de mi sin Ti!.
Las que me conoceis, sabeis que no soy fácil, mi caracter, a veces, no hace fácil la vida de Comunidad, pero sé que hay algo de lo que yo y todas las que me habéis vivido, es que quiero muy de verdad y muy de corazón a todas. Creo que entiendo el amor fraterno como lo viví en mi familia, somos nueve hermanos, mis padres nos ayudaron mucho a saber aceptar y respetarnos siempre, éramos muy distintos, pero muy muy unidos, y siempre nos hemos ayudado incondicionalmente. Creo que lo mismo he vivido y querido siempre tanto en la Comunidad, como en mi Misión apostólica, dónde y cómo me ha tocado vivir. De todas estoy muy agradecida, creo que el Señor se ha valido de mí para que se pudieran encontrar en Él muchas personas, tanto alumnos, profesores, familias y trabajadores. Muchas veces me sorprendo del reguero de personas que se han quedado en mi vida, y yo en la de ellas, gracias a mi vocación de Esclava. Siempre se las devuelvo al Señor rezando por ellas, y ocupándome de hacerme presente cuando me necesitan.
De mi vida me sale porque yo lo digo mucho gracias, ¡¡¡GRACIAS SEÑOR POR TANTO BIEN RECIBIDO!!!, y ¡¡¡SIGO CONTANDO CONTIGO!!!.
Maria José ADC
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¿Por qué soy esclava?
Me pide Fátima que haga esta pequeña colaboración. Aunque yo no soy muy amiga de estas cosas porque no me gustan ni el teléfono ni escribir, me parece “feo” decir que no. Así, pues, doy mi “versión”.
A estas alturas de la vida, me resulta tan fácil como el primer día, decir por qué soy esclava. Sencillamente, porque lo ha querido, expresamente, el Señor. No hay más.
Es donal el llamamiento inicial y el sostenido en este tiempo, largo de años y experiencia, que es la vida.
Cuando las cosas son de Dios, son envolventes y unifican; y esto, a cualquier edad y con cualquier preparación.
De inicio, en un momento determinado, se me hizo clarísimo por dentro, que lo que pensaba era lo que el Señor quería; y que así, podía hacer bien a otros.
En aquel entonces, esta entrega al Señor, era “ser monja”… De “carismas” e “historias”, nada de nada…; eso vino después y me fue dando forma con toda naturalidad…
Los años de formación, especialmente el Juniorado-Estudiantado, me aportaron un estupendo soporte. Sobre él, construyó el Señor a través de la vida, con sus ocasiones normales y estupendas; por supuesto, también, con sus contradicciones y contrariedades, claro es…
¿Por qué soy esclava? Porque el Señor lo ha querido de fondo y, en concreto, en la Congregación. Solo me queda decir, desde la gratitud y el cariño que mil vidas que tuviera, volvería a hacer lo mismo y en el mismo sitio… ¿Por qué? Porque hasta las cosas que no han sido positivas ni acertadas en la vida congregacional y en la mía propia, me han valido… Y la felicidad está hecha de saber poner nombre a todo e integrar la vida, con buen sentido, en su realidad. Desde la fe todo se convierte en bien.
He tenido personalmente una vida muy fácil, la verdad, y con muchas oportunidades. Ni un motivo de nada, solo motivos para decir: soy esclava porque, incomprensiblemente, el Señor lo ha querido para mí. Le doy las GRACIAS. He sido y soy feliz.
Mercedes Arancibia Alcaraz
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¡25 Años de ser bendecida, amada, llamada y enviada como Esclava!
Dios me llamó para ser Esclava. Las Esclavas llegaron a Ipil, (lugar donde nací) en junio de 1981 cuando había todavía mucha pobreza en este lugar, sin electricidad y con escasez de agua. Cuando Hna. Linda Vitto (difunta).ADC, coordinadora del grupo juvenil, me invitó a participar en una formación de líderes iniciada por ella, yo no estaba estudiando sino ganándome la vida felizmente como vendedora de pescado en el mercado. Allí empezó en mí esa inquietud que se despertaba cada vez que había un encuentro juvenil y que finalmente me llevó a buscar la voluntad de Dios.
La jornada de formación comenzó y mi vida en el mercado comenzó a desmoronarse. Los sueños y los planes se alteraron. Hubo un cambio brusco en todo lo que había estado haciendo. De repente me encontré desarraigada y colocada en un nuevo ambiente y en una nueva rutina. La lucha interior se hizo fuerte pero las palabras del salmista me consolaban: "El Señor dijo ‘Yo te haré saber y te enseñaré el camino en que debes andar; te aconsejaré con mis ojos puestos en ti’ ”. ¡Era cierto! En medio de mi desasosiego Dios respondió inmediatamente. Fue en una formación que tuvimos, en una oración de la tarde cuando tuve el primer encuentro con Jesús de Nazaret. Me acuerdo del diálogo que tuve:
“Je, te conozco bien, pero ellos te dicen, Tú nos amas mucho. Estoy aquí, lo que tienes, por favor ofrécemelo a mí también, y lo que te ofrecen los demás, espero que te pueda dar lo mismo. Amen” Sentí que esta oración no era más que una invitación en la que yo tenía que decir algo. Pero he aquí, que me encontré ya apasionadamente comprometida en el movimiento juvenil y otras actividades en la Iglesia, a nivel parroquial y en la Prelatura.
Sin embargo, Dios hizo otro movimiento: mientras estaba metida con todas las actividades en las que participaba, Él me dio un nuevo hogar – el del obispo, que me lo ofreció como becaria (estudiante que trabaja).
La estancia con el Obispo Federico O. Escaler, SJ me permitió profundizar en mi experiencia con el Corazón de Jesús. Uno de mis oficios era cuidar la segunda planta donde el obispo se alojaba y ayudar en la misa que diariamente celebraba a las 5:30 de la mañana. Como acólita, no tuve más remedio que aprender de memoria las respuestas de la celebración ya que era la única persona que asistía salvo cuando había alguna visita. Poco a poco, aprendí a amar la Eucaristía. Era como una poderosa energía que me dio suficiente fuerza para continuar mi tarea cotidiana. En efecto, era "una presencia silenciosa que conforta" (Const. n º 3)
Era muy feliz a pesar de las dificultades y los retos de la vida. Los horarios de la mañana me hicieron vivir una soledad con la que no estaba familiarizada pero más tarde me sentí en casa. Al recordar todas esas experiencias, veo que estas me fueron formando como Esclava y me introdujeron en la misión de la Iglesia: la salvación de la humanidad en Cristo.
Mientras estaba contenta haciendo mis tareas en la residencia del obispo, tuve muchas oportunidades de compartir con Hermana Rosario, una hermana española que tenía facilidad en el idioma “visaya”. Su alegría, su sencillez, su humildad y generosidad incondicional me tocaron interiormente y me animaban a querer ser como ella algún día, pero en ese momento, no pensé en entrar en la vida religiosa por tener un novio cariñoso y maduro con el que tenía una buena relación. Sin embargo, hubo un giro cuando asistí a un taller de oración un fin de semana, seguido de una búsqueda “search-in”. ¡Quedé inquieta! Este me llevó a un discernimiento serio.
El silencio durante este tiempo de discernimiento me puso frente al texto del encuentro de Jesús con Pedro después de la escena de la resurrección. “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos. Él respondió: Sí, Señor, tú sabes que te amo. , Dijo Jesús: ¡Apacienta mis corderos!” Esta experiencia me dio la gracia de decir SÍ a pesar de la oposición y resistencia de mi familia y, finalmente, renunciar a la persona a la que tanto quería. El eco en mí de la palabra del Señor "sígueme" fue más fuerte que el dolor de abandonar a un ser querido. Sentí que las palabras pronunciadas a Simón Pedro fueron dirigidas a mí también: Dios me pidió que apacentara a sus corderos, que cuidara de sus ovejas, y al final me dijo “¡sígueme!” Yo lo hice en la confianza de que cada día había sido, era y sería siempre el don de una vida enraizada en el amor de Dios. ¡Un amor que no tiene límites sino que permanece para siempre!
Cuando miro hacia atrás, después de veinticinco años amando y compartiendo humildemente el amor personal de Cristo con las personas con las que he caminado, me doy cuenta de tres aspectos que han influido en mí y me han ayudado a crecer como religiosa y como Esclava.
En primer lugar, la fe inquebrantable de mi propia madre (que era viuda). Su fidelidad como devota del Sagrado Corazón de Jesús y de la Virgen del Perpetuo Socorro, preparó el camino para mi consagración religiosa.
En segundo lugar, la Iglesia que me ha evangelizado a través del don de la Eucaristía, la Palabra de Dios y las oraciones sencillas que ofrecía cada día.
Por último, las palabras de nuestro Beato Fundador, que es un recuerdo vivo y me abre un nuevo horizonte: "No os buscó Dios porque lo merecieseis ni porque os necesitase; os buscó Dios por un solo motivo, por el amor que os tenía, y para estrechar con vosotras una alianza, que no se romperá nunca.”(M. Spínola)
Hoy, mientras camino hacia adelante con mis hermanas, al anunciar el amor personal de Dios cada día, confío profundamente en que “en Él me muevo y existo". ¡La vida es Cristo!
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Nací en el seno de una familia cristiana buena aunque poco practicante en el culto religioso, descubro que mi madre tuvo un papel fundamental en el origen de mi vocación, desde su sencillez , me enseñó a ser buena con las personas y a querer mucho a Dios. Mi educación primaria fue con las Esclavas y durante esos años ellas también supieron, con su estilo sencillo, cercano, alegre, sembrar la semilla buena. Nunca me había planteado la posibilidad de ser religiosa, me gustaba divertirme con mis amigos, salir a fiestas, lo propio de la adolescencia. Por casualidad, que no es tanta casualidad, participé de un retiro que se organizaba en el curso por ser el final del año en el colegio, y allí Dios tuvo su momento para tocarme el corazón. El sacerdote que dirigía el retiro, dijo algo que me hizo pensar: ¿a qué van a dedicar su vida, en qué la van a emplear?... Dios se valió de esta frase para no dejarme ya tranquila y a partir de entonces se me repetía con frecuencia.
Empecé a cuestionarme mi relación con el chico con el que estaba saliendo, es entonces que empecé a considerar otras opciones de vida y cuando pensé en religiosa , ni yo misma me lo creía pues la verdad es que estaba bastante alejada de la práctica religiosa. Sentía la necesidad de orar, aunque no sabía muy bien en qué consistía, me iba a la terraza de mi casa por ser un sitio silencioso y alejado de la gente y allí con mi Biblia leía algún texto y me sentía en la presencia del Señor.
Experimentaba que estos ratitos me llenaban y me sentía bien, lo hacía a escondidas porque no quería que nadie se enterara, era mi secreto con el Señor. Las circunstancias se fueron dando para que muy pronto pudiera entrar al noviciado, uno de los momentos más importantes en mi vida.
A grandes rasgos he contado los inicios de mi vocación, pasando los años, y ya he hecho las bodas de plata, me voy dando cuenta que en el día a día voy experimentando esta elección de Dios para conmigo, soy consciente en mi propia vida de una gran verdad y es la que manifiesta el libro del Espíritu “no os buscó Dios ni porque lo mereciéseis… os buscó por el amor que os tenía…”
Por eso para mí es motivo de agradecimiento la vocación, me siento con la responsabilidad de cuidarla y mimarla cada día. Soy Esclava porque EL así lo ha querido y deseo responderle en fidelidad, entregando lo mejor de mí a Él y a mis hermanos . Gracias a la Congregación por abrirme sus puertas para poder ser parte de esta gran familia SPÍNOLA.
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Hace unos días recibí un correo de Fátima Blanca invitándome a dar mi testimonio sobre mi vocación; según ella, como a mí me conocen en la Congregación muchas hermanas, podía ayudar a alguien. Mi primera impresión fue decir que no; pero después pensé que quizá debería intentar hacerlo por si podía ayudar a alguien; así que me dispongo a hacer un ejercicio de memoria y escribir algo sobre cómo me decidí y entré.
Soy la más pequeña de ocho hermanos, en una familia andaluza muy cristiana y religiosa. No conocí a mi padre a quien mataron “los rojos” (las españolas saben muy bien lo que digo) y nací a los quince días de morir él. A pesar de no haberlo conocido su figura estaba muy presente en mi familia y durante toda mi infancia oía decir que él quería en su familia TRES TOCAS (tres religiosas). Nunca fui muy consciente de ello; pero creo que me influyó bastante pues veía que mis hermanas mayores se iban casando y por tanto, su deseo no se cumplía, de ahí que en algún momento debí pensar que yo debía ser la que le diera gusto. Por otra parte mi madre era una mujer muy sencilla, cercana, cariñosa, de una profundísima fe y una gran religiosidad, junto a un corazón muy caritativo y sensible a las necesidades de los demás. De las imágenes que mas grabada tengo de mi infancia es la de mi madre repartiendo comida en mi casa a todo pobre que llegaba durante los años de la postguerra; siempre decía que “no le falte un plato de comida caliente”. Ante cualquier circunstancia o acontecimiento, su frase habitual era “lo que Dios quiera”, “como Dios quiera”; “si Dios quiere”. Seguramente ella nunca supo nada de buscar y aceptar la voluntad de Dios; pero lo vivió día a día. A los cinco años me llevaron interna al colegio de las Esclavas de Ronda en donde estuve hasta los dieciséis, o sea once años interna rozándome con las Esclavas nueve meses cada año; ¡ya son años! De ahí que mi comienzo de noviciado fuera como una prolongación del internado, luego ya no, claro está. Lo que sí recuerdo claramente es que me decidí a entrar en unos Ejercicios Espirituales que hicimos en el Colegio cuando estudiaba sexto de bachillerato, o sea tendría quince años más o menos, entré a los diecisiete.
Desde entonces no he tenido dudas de mi vocación, ciertamente mi vida no ha sido siempre un camino de rosas en la Congregación, yo suelo decir que a mí Dios me ha peinado del revés muchas veces; pero siempre he descubierto que ha sido para mi bien aunque me haya costado, y a veces mucho, aceptar lo que Dios quería. Quizá se me ha quedado muy grabada aquella frase que M. Pacis (q.e.p.d.) nos repetía insistentemente en sus “explicaciones” en el juniorado “desde toda la eternidad con amor infinito Dios …”. Es verdad que poco a poco he ido descubriendo quién es y qué representa Jesucristo para mí; pero ya en la Congregación, yo cuando entré apenas sabía qué es esto de la vida religiosa; pero tenía claro una cosa: quería ser “monja esclava” y quería ayudar a los demás especialmente a través de la enseñanza.
Sí puedo decir, a esta altura de mi vida, que Jesucristo es el centro de mi vida y la única razón de ser de mi existencia, a pesar de mis debilidades y muchos fallos; creo que, si por un imposible, se descubriera que todo esto de Dios y de Jesucristo no es cierto, mi vida dejaría de tener sentido y habría sido un rotundo fracaso.
Otro aspecto q ue me gustaría destacar es mi vocación educadora. Desde pequeña sentí deseos de enseñar; de hecho recuerdo que, estando en casa, preparé a algunos hijos de obreros de la fábrica para la Primera Comunión y les enseñaba a leer. Creo y estoy muy de acuerdo con Nuestro Padre, que educando evangelizamos; es más creo que lo que se enseña no se pierde aunque no veamos el fruto, ¡ya saldrá! A este respecto recuerdo que cuando se cumplieron los 50 años del colegio de Barcelona, que ya lo habíamos vendido, los actuales dueños lo quisieron celebrar e invitaron a las esclavas que habían estado destinadas allí para que atendieran a las antiguas alumnas, a las que también habían invitado. Yo no asistí porque no sabían que yo también había estado; pero a los pocos días me llamó por teléfono una antigua alumna mía y entre las cosas que me dijo me agradeció las cosas que les decía en clase porque les habían ayudado mucho en su vida. La vida en los colegios es muy dura porque es duro someterte a un horario fijo, a unos métodos que no siempre te gustan, a una disciplina que a veces agobia, etc., etc. Hay que tener una gran dosis de disponibilidad y entrega para colaborar a que las cosas salgan lo mejor posible aunque no siempre te gusten. Pero sólo a través de la educación el ser humano puede llegar a ser persona y sacar de sí lo mejor que tiene. Estoy convencida de que el futuro de la humanidad será mejor si conseguimos educar (no sólo enseñar) a las generaciones jóvenes. Yo creo que he trabajado mucho en los casi 50 años que he estado en los colegios; no me arrepiento en absoluto de todo lo que he tenido que hacer; seguro que he metido la pata muchas veces; pero seguro también que el esfuerzo realizado y el empeño puesto ha servido para mucho a alguien. Eso es más que suficiente cuando ya estoy enfilando la última etapa de mi vida.
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