Me hice Esclava porque creo que “Dios me llamó desde el vientre de mi madre”. Pero para que podáis comprender esta expresión tengo que compartir la historia de mi vida.
Soy la mayor de ocho hermanos; desde mi nacimiento fui una niña muy frágil y enfermiza. Recuerdo a mi madre decir que me tenían que llevar frecuentemente al hospital con una u otra cosa. Los médicos nunca llegaron a diagnosticar lo que verdaderamente tenía. Mi madre iba perdiendo la esperanza por días; por eso me ofreció a la Virgen del Perpetuo Socorro.
Mi infancia transcurrió en una zona agrícola y pobre, lejos de coches y de multitudes. Los domingos toda la familia asistíamos a la liturgia que celebraba un ministro de la Eucaristía en la capilla de nuestra pequeñísima aldea. Lo que recuerdo vivamente es que nunca me entró sueño o me aburrí en esas liturgias, como les solía pasar a otros niños pequeños. Las liturgias dominicales fueron para mí siempre una experiencia de unión con Dios, aunque no había tenido nunca catequesis sobre la Eucaristía.
Cuando tenía 8 años, el Pontificio Instituto de Misiones Extranjeras (PIME) abrió una parroquia en un pueblecito de nuestra zona eclesiástica (que abarca varias aldeas); y el Pe. Bossi - el párroco – solía venir frecuentemente a decir Misa en nuestra capilla. Como era extranjero (blanco y con nariz larga) yo, en mi inocencia de niña, pensé que era Jesús, pues tenía la misma cara de los cuadros de Jesús que había visto en la capilla, en mi casa y en otras casas de la vecindad. Desde entonces tuve verdadera ilusión por asistir a la Eucaristía; quería hacerme amiga de Jesús ya que el Pe. Bossi, al terminar la celebración se pasaba grandes ratos hablando de Jesús tanto con los adultos como con los niños. Los domingos, pues, me sentía amada de una manera especial por Dios por la atención que recibía de aquel sacerdote a quien yo creía que era el mismísimo Jesús.
Por otra parte, al ir creciendo en edad, y verme en el seno de una familia disfuncional, era para mí causa de una gran confusión. Había momentos en que nuestra casa parecía más un infierno que un hogar. En este ambiente hostil, mi deseo de ser amiga de Jesús se fue desvaneciendo gradualmente.
Cuando tenía 10 años, recuerdo un día que, mientras estaba lavando ropa, me pregunté para mis adentros si habría otra vida diferente de la que yo estaba viviendo. ¿Cómo sería la vida de la gente más allá de nuestra aldea? ¿Podría mi vida ser diferente en otro lugar? ¿Podría mi vida algún día tener sentido y propósito? Entonces empecé a sentir interiormente que Dios me llamaba a algo mejor. Pero en aquel tiempo - y siendo aun muy niña - jamás pude imaginar la vida que me esperaba en el futuro. Nunca había visto a una religiosa, ni tenía la mínima idea de que existía la Vida Consagrada.
Recién cumplidos los 13 años algunas noches no podía dormir tratando de encontrar la contestación a las peguntas que he expresado anteriormente. Y poco a poco empecé a sentir la necesidad de dejar nuestra aldea y de encontrar… ¿qué? Yo no sabía a ciencia cierta lo que tenía que encontrar, pero en lo profundo de mi ser tenía la certeza secreta de que había algo más allá de nuestra pobre y pequeña aldea.
Un buen día una señora pariente de mi padre, que vivía en un pueblo lejos de nosotros, sabiendo que yo quería estudiar bachillerato se ofreció a aceptarme como becada-trabajadora en su cafetería. Después de mucho suplicar a mi padre - que no creía en los “estudios de mujeres” pues éstas terminarán casándose y siendo amas de casa - por fin me dio permiso, y pude dejar detrás las cuatro paredes de mi aldea y conocer otra clase de vida. El domingo siguiente de mi llegada, mi tía me llevó con ella a una Parroquia muy grande; y desde aquel día fui fiel en asistir a la Eucaristía diaria y a confesar regularmente.
Una vez terminado el Bachillerato, mi sueño era estudiar la carrera de Comercio para en el futuro poder trabajar y construir una casita donde traer a mis hermanas conmigo para que pudiesen también ellos estudiar. No habiendo ningún Centro de Estudios Superiores en el pueblo de mi tía, tuve que trasladarme a Ipil donde había un Centro Educativo llevado por la Diócesis. Trabajaría unas horas para tener el suficiente dinero para los estudios, alojamiento y comida y el resto lo dedicaría a estudiar.
Durante mi segundo año de carrera sufrí una gran crisis y me sentí perdida. Empecé a faltar a las clases, a salir de noche con mis amigas a la discoteca volviendo a casa al amanecer. Yo no entendía lo que me estaba pasando; me convertí en una persona diferente, aun físicamente, pues trataba de esconderme bajo un fuerte maquillaje, y rizándome el pelo. Y lo que es peor, dejé de ir a la Iglesia y de frecuentar los Sacramentos.
Un día, después de haber estado toda la noche de pandilla, sentí un cansancio enorme, estaba como agotada. En cuanto llegué a casa me metí derecha en la cama e inmediatamente caí en un sueño muy agitado. Cuando desperté lo único que sentía era una gran tristeza; pero no era una tristeza ordinaria, sino algo muy especial, como si me fuese a morir de dolor. Estuve llorando sin parar más de dos horas. Era la primera vez en la vida que lloraba de esa manera. En aquel momento no había “nada” en mi corazón, ¡solo llorar!
Después de este episodio me invadió totalmente una gran paz, mientras que oía como si una voz interior me estuviese diciendo: ¿Qué has hecho de tu vida? Entonces caí en un profundo sueño reparador varias horas. No recuerdo cuantas fueron; se que fueron muchas. Al despertar me sentí movida a ir a la Iglesia; era la Tercera Semana de Adviento de 1993. Recuerdo haber asistido a la Eucaristía con un profundo recogimiento interior, mientras sentía como si la comunidad de los ángeles en el cielo me estuviesen dando la bienvenida por haber regresado a “casa”.
Y milagrosamente – y sin yo percibir cómo– cambié totalmente. Me tomé los estudios en serio, y sentía una paz interior que jamás había experimentado. Era algo como si Dios me estuviese preparando para algo grande. En la Facultad me hice amiga de una compañera - Annabel - que era Becada de las “Spinola Sisters”. Un día Annabel me presentó a las Hermanas Spínola y, por su medio, me aceptaron el curso siguiente como Becada universitaria. Entonces empecé a asistir regularmente a la formación semanal que daban a los Becados.
Una vez terminada la carrera de Comercio las Hermanas me ofrecieron un puesto de trabajo como ayudante de Secretaría en el Colegio Marcelo Spínola que acababan de abrir. Mi contacto con las Religiosas me permitió conocer su estilo de vida y su espiritualidad. Me admiraba mucho ver con que cuidado y dedicación trataban a los alumnos, especialmente a aquellos que necesitaban de más a tención y cariño. Fue entonces cuando empecé a descubrí el significado de lo que es ser educadora.
Al año de estar trabajando con las Esclavas, y por medio de la formación que recibíamos docentes y no-docentes – fui creciendo notablemente en muchos aspectos de mi vida; y lenta, pero seriamente, empecé a buscar la Voluntad de Dios sobre mí, mientras que me acompañaba espiritualmente una de las Hermanas.
Encontrar la Voluntad de Dios en mi vida no fue fácil. Lo primero que pensé fue quedarme soltera, pues siendo la mayor de mis hermanos y hermanas, me sentía en la obligación de ayudarlos/as a que pudiesen terminar los estudios.
Durante ese periodo hubo momentos en que me enamoré y deseaba casarme para tener mi propia familia. Cuanto más me debatía entre una soltería-consagrada o el matrimonio, más confusa me sentía pues ambos estados tenían sentido para mí dentro de una autentica vida cristiana. Terminé poniéndome en relaciones con un chico muy bueno, que por su parte se tomó las relaciones muy en serio, y llegamos a amarnos de verdad. A pesar de mi contento, había algo dentro de mí que me tenía confusa porque cuanto más reflexionaba en mi corazón sentía que aquel amor humano - dado y recibido- o sea, aquellas relaciones no eran suficientes para mí; era como si me faltase “algo”, sin saber lo que era ese “algo”.
Inconscientemente estaba buscando un amor más profundo y hermoso que el que me ofrecía mi novio. “Sentía”, sin ni siquiera sentirlo conscientemente, que Alguien - Jesús mismo – estaba esperándome hacía mucho tiempo. Y en mi deseo de darme totalmente a Él, por primera vez en mi vida sentí una profunda fuerza interior. Por amor al Señor, me sentía dispuesta a sacrificarlo todo: a mi novio, mi carrera y mi familia.
Pero mi decisión me costó mucho sufrimiento. Mis padres se opusieron muy enfadados a mi decisión. Me presionaban a que trabajase unos años más para que mi hermana – a quien yo estaba pagando los estudios – terminase la carrera. Por lo tanto seguí trabajando y retrasé mi entrada al Postulantado para continuar ayudando a mi hermana. Pero en lo profundo de mi ser yo no era feliz. Antes de que terminase el primer semestre mi hermana me dijo que estaba embarazada de su novio, por lo tanto no podía terminar sus estudios. Durante ese mismo año mis padres se separaron. Mi madre abandono el hogar durante más de un mes, pero regresó para reconciliarse con mi padre. Pero la vida no era fácil para ninguno de nosotros porque nuestra casa se convirtió en un lio de malentendidos y violencia.
En medio de los problemas familiares, mi llamada a la Vida Consagrada se hacía cada vez más fuerte. Sin posibilidades de poder ayudar en la situación familiar, dejé mi familia e ingresé en el Postulantado sin el consentimiento de mis padres. En lo más íntimo del corazón tenia la confianza de que mis oraciones y mi vocación religiosa - ofrecidos por ellos – podían hacer más que mi presencia física.
Después de dos años de formación, y antes de empezar el Noviciado, se me dio la oportunidad de estar unos días en mi casa. Viendo su pobreza y lo mucho que mis padres tenían que trabajar en el campo, y mis hermanas/os sin estudios superiores, estuve tentada de sacrificar mi vocación y trabajar para ayudarlos.
Cuando le conté a mi madre mi decisión de no volver a la Vida Religiosa me dijo entre lágrimas: “Hija mía, de pequeña eras muy enfermiza y en una ocasión estuviste muy grave; pensábamos que te ibas a morir. Por eso te ofrecí a la Virgen del Perpetuo Socorro y recobraste milagrosamente la salud. Desde ese día comprendí que no nos pertenecías. Además yo no podrida soportar el dolor de verte desgraciada por no haber seguido en la Vida religiosa si Dios te llama a ella. Él tendrá cuidado de nosotros. Pero si un día te dieras cuenta de que la VR no es para ti, me sentiría feliz de que volvieras a nosotros”.
Con estas consoladoras palabras y la asombrosa gracia de Dios, regresé a la Casa de Formación para comenzar el Noviciado. ¡Verdaderamente Dios se encargó de cuidar de mi familia! Al terminar los dos años de Noviciado visité a mi familia y mi madre tenía una pequeña tienda de comestibles con una buena ganancia; y nuestra tierra, cultivada por mi padre, daba buenas cosechas. Mis hermanos y hermanas estaban de nuevo estudiando.
Por lo tanto continué el Juniorado llena de esperanza; y Dios, por medio de la formación, me fue transformando gradualmente. Aprendí a perdonar y a aceptar a mi familia con todas sus imperfecciones. A nivel personal, experimenté la sanación interior de todas las situaciones dolorosas pasadas; y seguí experimentando la gracia de Dios en mi familia, en mi vida de comunidad y en las personas que Dios me enviaba cada día.
En 2009, con la gracia de Dios y la ayuda moral y espiritual de la Congregación, pronuncié los votos perpetuos.
Hoy en día, me siento una Esclava feliz sirviendo al Señor, mientras que le pido cada día la gracia de ser fiel a mi vocación hasta mi último aliento en que me encontraré con el Dios que irrumpió en mi vida de una manera tan misteriosa porque ¡me amaba con un amor infinito desde toda la eternidad!
¿Comprendéis ahora porque creo firmemente que “Dios me llamó desde el vientre de mi madre”? Como veréis, no puedo pedir a Dios ni a la vida más de lo que me han dado. Gracias, ¡AMEN!
Emely U. Fernandez, ADC
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Me piden que responda a esta pregunta: ¿por qué eres Esclava? Y, sin pensarlo mucho, me pongo a escribir estas letras…
El próximo 15 de septiembre hará 16 años que entré en la Congregación, lo hice cumplidos los 20 años con mucha ilusión y ganas de seguir al Señor y también con algunos miedos… “¿sería esta vida para mí?” “¿qué me iba a encontrar?”… éstas y otras muchas preguntas me hacía a mí misma por aquel entonces.
Para mí seguir al Señor era sinónimo de vivir la vida de una manera auténtica, de vivir desde lo que realmente es importante… y tenía la certeza de que siguiéndole a Él, confiándole mi vida y conociéndolo cada día un poco más… sacaría lo mejor de mí. Y así fue como di el paso para entrar en la Congregación.
Tengo que confesar que a veces he pensado que no sé de dónde salió la fuerza, en aquel momento, para dejar mi casa, mis estudios… ya que estaba muy unida a mis padres, a mi hermano y estudiaba Veterinaria, una carrera que me encantaba y que desde muy pequeña había querido… estaba ya en el segundo año y, sin embargo, algo o Alguien empujaba dentro de mí para dar el paso…
Después de estos años vividos, tengo que decir que no me arrepiento, sino todo lo contrario… me alegro de ser Esclava y siento que esta vida me hace feliz… y no porque tenga muchas cosas… tampoco porque lo que hago me salga o no bien… es otra cosa… es la felicidad de experimentar un amor profundo, que vive dentro de mí, que me ilusiona y me invita a vivir cada día con ilusión… un amor que me recuerda cada día qué es lo que merece la pena, que me hace ver que la vida es bonita cuando la das, no cuando la retienes… que la vida es más plena cuando los miedos o las dificultades no ganan la partida y sí lo hace la confianza en el Señor.
Creer e ir conociendo cada día un poquito más al Señor es mi suerte, es ese tesoro del que habla el Evangelio… y Él me habla de amar en lo concreto, de salir de mí, de arriesgar. Esto es lo que me encanta del Señor… Él me recuerda que la vida se me ha dado para vivirla de verdad, no para guardarla… y donde descubro que esto se hace realidad es siguiéndole a Él y perteneciéndole por entero… sin reservarle nada sino dándole todo lo que soy… cada día… esto me ilusiona, me da sentido, hace bonita mi vida… por eso soy Esclava.
Esto no quiere decir que tenga todo claro, ni que no tenga dificultades… claro que las vivo, eso forma parte de la vida y claro que hay momentos en que me ha costado ver la presencia del Señor y han sido más difíciles.
Al mismo tiempo que percibo el amor y la llamada del Señor, también experimento mi propia cerrazón, mi propia sordera, mis propios límites y resistencias… y, en medio de todo eso, lo que descubro que me da luz, esperanza, alegría… es confiar de nuevo en Él, mirarlo a Él y dejarme conducir por Él… por eso soy Esclava, porque al final, lo que descubro que me hace feliz es dejar que Jesús sea quien me guíe, quien me llame por mi nombre cada mañana, quien me enseñe a mirar a las personas y a la realidad como Él lo hace, a querer como Él… y esto me encanta y nunca deja de sorprenderme… Él me abre cada día el camino y pone en mí el deseo de recorrerlo con Él, desde Él… como Esclava del Divino Corazón.
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Conviene recordar que: “Iban subiendo camino de Jerusalén y Jesús se les adelantaba; los discípulos se extrañaban y los que seguían iban asustados. Él tomó aparte otra vez a los doce y se puso a decirles lo que le iba a suceder: “Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser…”(Mc 10, 32 s.)
También un texto de Hechos (9,1) que dice: “(Saulo) se presentó al sumo sacerdote, y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, para que, si encontraba a algunos seguidores del Camino, hombres o mujeres…”
Y el conocidísimo: “Yo soy el Camino” del evangelio de Juan (14,6), que es lo definitivo.
En este contexto se entiende mejor el evangelio que sigue, y la fuerza que encierra.
Mc 10,46-52
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Yo quiero aprender de ti, Maestro |
Ni setenta, ni siete, ni una. |

Ya he cumplido mis primeros 4 años de votos perpetuos, es poco cuando se mira desde la cantidad, pero son bastantes cuando los miramos desde la experiencia y eso es lo que quiero compartir con ustedes, cómo el Señor va llamando cada día y esa llamada se hace nueva cada en cada experiencia, en cada momento.
Pensar en estos tiempos en una vida consagrada al Señor para siempre, muchas veces asusta, sin embargo esa vida está llena de sorpresas, de conquistas, de grandes momentos y también de momentos difíciles o duros. De todas maneras el Señor siempre se hace presente, acompaña, guía, alimenta y sobre todo da la gracia y la fortaleza. Él es fiel.
El salmo 34 (33) dice. “Has la prueba y verás que bueno es el Señor” quien escribió este salmo con toda certeza, había experimentado en su vida, la misericordia, el perdón, la fidelidad de Dios.
Eso ha sido para mí estos años de vida consagrada: misericordia de Dios para conmigo. Él no se cansa de esperarme, cuando me hago la encontradiza, o me escondo como Adán y Eva en el jardín del Edén, o busco escusas; no se cansa de levantarme cuando tropiezo y caigo y de celebrar y hacer fiesta en mi corazón, cuando como el hijo pródigo vuelvo a casa.
Eso es, el Señor siempre hace fiesta, Él celebra porque es el Dios de alegría, de encuentro, de amor. “Yave tu Dios, está en medio de ti, el héroe que te salva. Él saltará de gozo al verte a ti y te renovará su amor. Por ti danzará y lanzará gritos de alegría.” (Sof. 3, 17). Este profeta vivió una experiencia extraordinaria con Dios, su amor se le manifestó en la fiesta, en la alegría. Es grandioso poder descubrir, vivir que es Señor está en medio de mi vida y además hace fiesta por mí, el Señor le gusta estar alegre y por eso nos invita a la alegría, a celebrar su paso por la vida de cada uno.
Consagrar mi vida a Él es hacer fiesta siempre, es estar siempre, desde su gracia en constante encuentro con quien sé que me ama. Jesús, mi Señor.
Ser Esclava del Divino Corazón, es cantar como María. “La grandeza del Señor”, porque “se ha fijado en mi pequeñez”.
Ser Esclava del Divino Corazón es seguir el modelo que Dios nos regaló desde siempre, María de Nazareth y decir como ella: “aquí estoy Señor, has de mí como has dicho”
Esa es una entrega total, un abandono en las manos del Señor, es vivir como Marcelo Spínola, viviendo siempre de la fuente, del Corazón de Jesús, es dejar que el Señor haga en mí y por mí lo que Él quiera, pero como esa confianza total, yo aún no la poseo, pido al Señor me regale su gracia, me dé valentía y sobre todo rendición a sus pies, como la tenía Celia Méndez, y así su proyecto de amor se vaya haciendo realidad.
Haber sido llamada por el Señor a formar parte de esta vida, es el mejor regalo que he recibido, un regalo que no se daña, ni se agota, ni se estropea, porque el Señor lo renueva cada día; cada día me sorprende, cada día hace nueva esa llamada, cada día me manifiesta su amor, solo que a veces me distraigo en tantas cosas, entonces me tiene que decir como a Martha, “Martha, Martha, andas en muchas cosas”, o simplemente me distraigo y no veo todos sus detalles de entrega y fidelidad para conmigo.
Me los da a conocer a través de personas concretas, momentos claves, a veces tan pequeños, pero que llenan por completo mi ser de su amor. En esos momentos que suelo expresar: Gracias Señor, qué sería de mí sin estos momentos de amor y encuentro” y siento que Él sonríe conmigo. A través también de paisajes, de silencios, de su Palabra, de la brisa suave… en fin a través de todo estás colmando mi vida de ti. Gracias mi Señor.
Gracias Señor por tanto amor dado, por esperarme siempre, por tu llamada nueva cada día, por invitarme a ser Esclava de tu amor. Dame la gracia de seguir tu camino con alegría y en fidelidad.
Señor tú me conoces, sabes todo de mí, sabes que te amo, pero sé que aún debo seguir creciendo en tu amor, sé que estoy en el inicio del camino. Dame tu gracia. Con cariño.
Ledys Labrador. adc
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Por qué me hice Esclava? Descubrí un proyecto del Señor para mí y es que sea FELIZ.
Esta historia se fue consolidando a través de los años, y como todo camino requiere de un “tiempo de crecimiento", donde fui descubriendo las raíces que fortalecieron en mí este proyecto:
Son los sueños de Marcelo y Celia que me invitaron a la aventura de formar el corazón, el amor apasionado al Corazón de Jesús y a María Inmaculada.
Luego fue la acogida de la Congregación, el cariño de las Hermanas, la experiencia de Dios en la Persona de Jesús., especialmente en lo que mostraba su Corazón.
Los testimonios de las primeras religiosas que contagiaron esta pasión por el Amor a Cristo.
Los niños, y los jóvenes que me evangelizaron el corazón en el compartir el tiempo con ellos. Me siento bendecida, amada y mimada por el Señor al decir Soy Esclava. Soy feliz.
Con amor eterno te amé Jr.31,3 cada día sigue resonando en mi corazón esta Palabra, cada día el Señor confirma este amor en mi vida. Mi vocación como Educadora y también la celebración de mis bodas de plata de profesión religiosa, lo confirman.
Graciela Machado, ADC
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Jn 15,9-17(6º domingo de Pascua, ciclo B)
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Como el Padre me ha amado, |
El primero en amar es Dios. Sólo uno. La cosa va de amigos.
Amistad con el Señor.
Dar fruto. |

Ser Esclava del Divino Corazón ¿por qué?
Parecerá un tópico, pero lo primero que me viene a la cabeza es decirte que: porque Dios quiso. Y a veces me digo que literalmente tuve la sensación de que Él puso mucho empeño. No es algo, esto de la vocación religiosa, que yo sintiese desde la infancia, ni siquiera como adolescente. Hubo un momento, acabando los estudios en los que se me pasó por la cabeza y reaccioné empujando la idea lo más al fondo que pude. Pero si el Señor se empeña no hay manera. Poco a poco, lo mío fue como un goteo de pequeñas certezas, de ideas pequeñitas que si no crecían, al menos se iban juntando unas con otras e iban construyendo algo dentro de mí. Y así, un día la certeza de que esto era lo que el Señor quería para mí fue algo que no me pude negar a mí misma. Intenté no verlo, no pensarlo, incluso mentirme, pero no funcionó. En mi vida hay determinadas cosas que cuando las he visto patentes, cuando de alguna manera se han hecho visibles, ya no puedo borrarlas. Siempre he querido ser una persona coherente, es algo que me enseñaron en casa desde muy pequeña, mis padres, mis hermanos, siempre le hemos dado mucho valor a las personas que eran fieles y coherentes con lo que veían. Luego, en el colegio fue algo que se reforzó. Así que cuando fui un poco mayor, y con aquella certeza construida a poquitos en mi vida, no pude hacer otra cosa, no pude negarme. Y ahora, con algo más de distancia, entiendo que a pesar de costarme eso de “ser monja”, no quise negarme a ello. Cuando entiendes que por ahí va tu vocación, que es lo que llenará tu vida de sentido, negarse a lo que el Señor quiere se vuelve una tontería.
Pero mi proceso fue lento, todavía siento que es una vocación en construcción. De alguna manera tener certeza en un momento no te quita las dificultades del camino, ni las ganas de no complicarte la vida o las dudas que asaltan. Pero Dios hace las cosas bien, como se suele decir: “no te pide nada que no te haya dado antes”
Yo siento que en mi proceso, en mi caminar haciéndome Esclava del Divino Corazón ha sido algo muy importante el acompañamiento. En el Colegio ya estaba presente, las religiosas siempre han ido estando ahí, cercanas, con miradas cariñosas. Luego, una vez decidida, religiosas que me acompañaron y confrontaron, o mejor dicho, que me acompañan y confrontan.
Algunas veces me he preguntado por qué en esta Congregación, por qué no en otra. Creo que son cosas que hace Dios. Yo a pesar de llevar toda la vida en un colegio de las Esclavas del Divino Corazón, sabía bastante poco de su Carisma, de lo que era más característico de ellas. Me empujó quizás la seguridad de lo conocido al principio, el hecho de que la idea de la educación no me era extraña. Pero lo definitivo no fue nada de eso, fue el momento en el que comencé el postulantado y reconocí en otras hermanas lo que yo sentía por dentro. Descubrí que para ellas era muy importante transmitir que eran queridas por el Señor de una manera personal, de tú a tú, y que era muy importante, vital, comunicar esto a los demás; “Transmitir el amor personal de Cristo”. Allí todo encajó y desde entonces, aunque ha habido dificultad y ninguna vocación creo que sea sencilla, nunca he tenido dudas de que era donde el Señor me quería. Otra cosa es que una a veces se resiste a estar donde el Señor nos quiere.
En fin, esta es mi pequeña historia de por qué soy Esclava del Divino Corazón.
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Dijo Jesús a Nicodemo: Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. En cambio el que realiza la verdad |
Hombre culto, intelectual, interesado por la verdad. Acude a Jesús de noche, cuando ya no hay luz...
Dios ama al mundo ¡No desahuciar a nadie!
No hay más condenación que el absurdo de, |
Pensar en esto. Reconocerme discípula clandestina, si viene al caso, y reconocerme buscadora de luz en Él, si viene al caso.
A la hora de hacer o dejar de hacer, ¿confronto mis decisiones con el Señor? ¿Cómo hago?, ¿por qué?
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Se acercaba la Pascua de los judíos |
Vendedores y cambistas...
Sin consideración de ningún tipo.
El encuentro con Dios, no puede ser ocasión de negocio.
¿Por qué hay que mostrar signos para obrar así?
Jesús, lugar de encuentro entre Dios y el hombre, sin vendedores ni cambistas.
Creer en Jesús, desbaratador de ventas, cambios y chanchullos… El corazón del hombre lleno de intentos de "negocios", incluso con Dios. |
“Los templos” no son “los lugares de encuentro con Dios”; el lugar privilegiado de encuentro con Dios es el propio Jesús, y después de Jesús los demás…
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Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, Jesús les mandó: |
El Señor no nos trata "en cartucho" sino diferenciadamente.
¡Qué buena es la experiencia de Dios;
Presencia de Dios que cubre con su Sombra… Como a María. El Hijo. Y la experiencia de Dios, cuando lo es, siempre nos hace bajar a la vida. "Tejas abajo".
Después de una experiencia tan clara y radiante, ¿quién puede entender que haya que pasar por la muerte? |
Lo que hace grande "entenderse a solas" con el Señor es que Él es el confidente… Es bonito y emocionante pensar en esto: Él, el Señor, es el confidente y yo el receptor de su confidencia…
Seguro que tengo experiencia…
Recordar experiencias de Dios sólo buenas ("¡Qué bien se está aquí!"). Después de ellas, "cuando bajaba de la montaña", ¿qué me puso Dios en el corazón?
Recordar experiencias de Dios que nos han asustado ("...estaban asustados"). Después de ellas, "cuando bajaba de la montaña", ¿qué me puso Dios en el corazón?
Siempre empezamos la Cuaresma con las tentaciones de Jesús en el desierto. En el lenguaje religioso, el desierto es como un retroceso de la fecundidad querida por Dios. Es una región en la que los peligros acechan al hombre (hambre, sed, tormentas de arena, serpientes), peligros que hay que vencer…
Así, el recorrido por el desierto (Ex 15,22-19,2) se convierte en un símbolo de prueba y purificación espiritual. Pero Dios, puede hacer fecundo incluso el desierto (Is 35,1.6-7). El sentido de la permanencia de Jesús en el desierto no es tanto la ascesis cuanto la prueba en la lucha contra lo que Dios no quiere
(cf. MANFRED LURKER, Diccionario de imágenes y símbolos de la Biblia, Ed. El Almendro, Córdoba, pp.85-86).
Mc 1,12‑15 (1º de Cuaresma, ciclo B)
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El Espíritu empujó a Jesús al desierto. Cuando arrestaron a Juan, |
El Espíritu empuja a donde quiere; también al desierto. |
Recuerdo cómo las superé… Recuerdo qué y quiénes me empujaron en aquellos momentos…
Cuando la tentación quiere apartarme de algo que he decidido, cuando la tentación quiere que relativice lo que siento como muy importante, cuando la tentación se empeña en que me sienta ridículo ante lo que siento, veo y pienso… qué bueno es pensar en esta escena evangélica: Jesús sintiendo la tentación como yo…
Ahí y en ellas, está el Espíritu de Dios
Ahí y en ellas, está el Espíritu de Dios