Al lado del intelectual hay una mujer vestida de rosa cuyo rostro está medio cubierto por un velo. Dentro de la sencillez del cuadro, el detalle del velo denota que es una mujer de alta posición social. La postura de las manos y el gesto del rostro sugieren que la mujer se acaba de escandalizar ante el gesto de Jesús. Lo mira como de reojo, con la mano en la mejilla, como si se avergonzase de estar allí. ¡Cómo va a mezclarse ella con esa chusma: payasos fracasados, mujeres ciegas, prostitutas, inmigrantes! ¿Cómo es posible que Jesús la trate a ella igual que al resto? ¡Con la cantidad de buenas obras que ella ha hecho! Sin faltar ni un día a misa, ni una limosna a los pobres; siempre colaborando con la parroquia y financiando a la Iglesia…, y ahora es tratada igual que una vulgar mujerzuela… 
"Y dijo Dios: Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé simiente; árbol de fruto que dé fruto según su género, que su simiente esté en él, sobre la tierra: y fué así.
Y produjo la tierra hierba verde, hierba que da simiente según su naturaleza, y árbol que da fruto, cuya simiente está en él, según su género: y vió Dios que era bueno."
* Busca un momento en tu jornada para orar.
* Haz despacio la señal de la presencia, mientras dices con calma: En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
* Coloca ante ti este icono.
* Abre la Palabra y lee estos dos textos: Jn 14,1-10; Col 1,15; Rm 8,29
* Deja, si puedes, tus preocupaciones. Serénate y prepara tu corazón para la sorpresa.
* Pero ven con tus hermanos y hermanas, ven con su dolor y su gozo. Ten presente las situaciones de muerte que te llegan cada día del mundo. Acércate desde ahí al Señor.
Mira el icono y deja que te hableMeditación de la imágen de LA VISITACIÓN

"Espera alma mía en el Señor, no olvides todos sus beneficios""Estimo, en efecto, que los padecimientos del tiempo presente no se pueden comparar con la gloria que ha de manifestarse en nosotros. Porque la creación está aguardando en anhelante espera la manifestación de los hijos de Dios, ya que la creación fue sometida al fracaso, no por su propia voluntad, sino por el que la sometió, con la esperanza de que la creación será librada de la esclavitud de la destrucción para ser admitida a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Sabemos que toda la creación gime y está en dolores de parto hasta el momento presente. No sólo ella, sino también nosotros, que tenemos noticias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos, esperando que Dios nos adopte como hijos, la redención de nuestro cuerpo. Porque en la esperanza fuimos salvados; pero la esperanza que se ve no es esperanza, porque lo que uno ve, ¿cómo puede esperarlo? Si esperamos lo que no vemos, debemos esperarlo con paciencia.
¿Qué más podremos decir? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?¿ Quién podrá separarnos del amor de Cristo?¿Las dificultades, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? Pero en todas estas cosas salimos triunfadores por medio de aquel que nos amó. Porque estoy persuadido de que ni la muerte, ni la vida, ni el poder, ni la amenaza, ni la altura, ni la profundidad, podrán separarnos del amor de Aquel que ha dado la vida por nosotros." (Rom 8, 18-31)
Dios de las sorpresas.Dios de lo inesperado,tú te acercas a nosotrosdelicadamentesuspirándonos al oídotu presencia en mediode los ruidos de nuestro mundo.
Haznos más sensibles
al sonido de tu nombre,para que sepamos descubrirteen medio de nuestra viday buscarte allíen aquellos extraños sitios donde tú,pacientemente, nos esperas.
"Cuando estaba sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio.
Entonces se le abrieron los ojos y lo reconocieron, pero Jesús desapareció de su lado"
A vueltas con la fiesta de la Anunciación, resulta bonito detenerse un poco en la simbología de la escena.
La vida en equilibrio.
Nuestra vida se desarrolla en un doble movimiento de donación y recepción, acogida y despojo. La misma mujer que hoy abraza al Verbo en pañales, acunará su cuerpo inerte al pie de la cruz.
- Lo que experimenté como pérdida, se transformará en ganancia. Ganancia que se pierde al atesorarla, que se multiplica al entregarla. ¿Me lo creo? ¿O me reservo algo bajo la manga?
La humildad de María.
No desvía la mirada, no la baja servilmente: atiende al corazón. Lo importante es lo que pasa por dentro: hacer sitio, hacerse tierra.
- Cuando fuera hay excesivo ruido, ¿soy capaz de escuchar los latidos del corazón del otro?; ¿soy capaz de escuchar mis propios latidos?
El “tacto” de la Encarnación.
La imagen está dominada por el sugerente lenguaje de las manos. El Padre pone en manos de María lo más valioso que tiene. En el estilo de Dios no está simplemente el dar cosas: se da a sí mismo. Da lo que más ama. La Mujer acoge sin reservas el don. Las manos del Hijo aprenderán la confianza y el cuidado de la Vida de las manos de la Madre. Nadie cierra las manos; nadie controla, ni domina, ni aprisiona…
- ¿Me sé en manos de Dios? ¿Me sé responsable de lo que Dios se trae entre manos?
La espera… hasta el tercer día
El Padre prescinde de convertirse en absoluto para el Hijo. A partir de ahora, lo cuidará María. Un primer e invisible cordón umbilical se ha roto, después lo harán otros… hasta aprender la verdadera comunión.
- ¿Soy capaz de “desprenderme” de las personas que de algún modo han dependido de mí? ¿Me siento cómodo ante los cambios de rol con otros?
Así las cosas, y con la Pascua en el horizonte, podemos enmarcar la imagen en la reflexión agradecida que hacía Pablo a los Romanos (8, 32):
El que no se reservó a su propio Hijo,
sino que lo entregó por todos nosotros,
¿cómo no nos va a regalar todo lo demás con él?

No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados.
Lucas 6,37
En el fondo de la mesa haciendo de vértice de toda la composición, un payaso, de un blanco espectral, mira con tristeza a Jesús. Su gesto es inquietante y un tanto ambiguo, pues sugiere varias interpretaciones. Es un varón adulto, su expresión triste y su cara demacrada borran toda connotación de simpatía e inocencia que un payaso tiene. Más bien simboliza al hombre que necesita disfrazarse, maquillarse, para vivir. Es el hombre o la mujer que viven de cara afuera, constantemente preocupados por hacer reír, caer bien, mendigar afecto de los demás. El payaso, en el fondo, es alguien que inventa una personalidad distinta a la suya para provocar la risa en los demás.

«Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed.» Jn 6
- ¿Busco amasar el pan que me da vida?
- ¿Quién me da vida?
- Y yo, ¿soy pan para otros?
Ascensión y Pentecostés (Capilla "Redemtoris Mater")* Jesús, sentado, subido en alto y en el centro, se manifiesta Rey del Cosmos. El Resucitado ha sido glorificado, así lo indican sus vestiduras doradas y el lugar céntrico que ocupa. En una mano tiene el rollo donde están escritos nuestros nombres; con la otra, levantada, apunta al Padre, que a su vez, también lo señala como al Hijo Amado, al que ha glorificado y al que hay que escuchar.
* María está presente en medio de los discípulos, como Madre de todos, eje misterioso y escondido de la Iglesia. También sobre ella desciende una llama de fuego. En su humilde y discreta igualdad, María es discípula con los discípulos. Ella ha seguido al Maestro y será en medio de ellos como un cofre que encierra los recuerdos más íntimos de las palabras y los gestos de Jesús.
* Los Apóstoles están de pie, sobre cada uno de ellos se posa una llama de fuego. Sus rostros están llenos de luz y de paz. Los díscípulos están vueltos hacia ella para saber más acerca de su Hijo. Son la Iglesia visible y humana; son la continuidad de ese Cuerpo de Cristo que está en la gloria y que ahora recibe el Espíritu Santo.
* El Espíritu, como una fuerza que fluye de lo alto y desde la unidad se distribuye en lenguas de fuego que se posan sobre los Apóstoles y sobre María.
* El Fuego es signo del amor; fuego que Jesús ha querido traer a esta tierra, para purificar y para incendiar; fuego que es luz que ilumina el mundo entero y ahora se hace presente en su Iglesia.
* El Espíritu se hace presente en Pentecostés. Se ha cumplido la Promesa de Jesús, la promesa del bautismo de fuego, la promesa de la fuerza para ser testigos del Evangelio.

"Se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido. Llega a Simón Pedro; éste le dice: «Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?» Jesús le respondió: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde». Le dice Pedro: «No me lavarás los pies jamás». Jesús le respondió: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Le dice Simón Pedro: «Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza». Jesús le dice: «El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio."

Con unas ostensibles gafas un hombre de mediana edad, observa con fría incredulidad el gesto de Jesús, mientras se acaricia la barba. Es uno de los personajes que no ha tomado el pan ni el vino. Parece que estuviera analizando concienzudamente, casi científicamente las palabras y movimientos de Jesús.
Es curioso que el último personaje, el más cercano a Jesús sea una persona de color. Vestido pobremente y con la mano herida, representa a todos los personajes apartados de la vida social, los que no cuentan, los que cometieron el pecado de nacer en el sitio equivocado, con un color de piel distinto, en uno de los sistemas económicos más injustos de la historia. Abrirse al perdón es abandonar la actitud del niño caprichoso y asumir la paternidad como perspectiva básica en la vida. Henri Nouwen reproduce unas palabras que le dirigió una amiga suya, comentando esta parábola: “Tanto si eres el hijo mayor como si eres el hijo menor, debes caer en la cuenta de que a lo que estás llamado es a ser el padre. (...) Toda tu vida has estado buscando amigos, suplicando afecto, has estado interesado en miles de cosas, has rogado que te apreciaran, que te quisieran, que te consideraran. Ha llegado la hora de reclamar tu verdadera vocación: ser un padre que puede acoger a sus hijos en casa sin pedirles explicaciones y sin pedirles nada a cambio. (...) Mirando al anciano vestido con aquel manto rojo, sentía una profunda resistencia a pensar en mí de aquella forma. Pero la idea de ser como aquel anciano que no tenía nada que perder porque ya lo había perdido todo y sólo le quedaba dar, me abrumaba”.
Al respecto, Nouwen reflexiona: “¡Era tan fácil identificarse con los dos hijos! Su desobediencia es tan comprensible y tan humana que el identificarse con ellos surge de inmediato. (...) Pero, ¿qué hay del padre? ¿Por qué prestamos tanta atención a los hijos cuando es el padre el centro, aquel con quien debo identificarme?. (...) Si Dios es misericordioso, los que aman a Dios deberían ser misericordiosos. El Dios que Jesús anuncia, y en cuyo nombre actúa, es el Dios de la misericordia, el Dios que se ofrece como ejemplo y modelo de comportamiento humano. (...) El padre de Rembrandt es un padre que se ha ido vaciando de sí mismo por el sufrimiento. A través de muchas muertes se hizo completamente libre para recibir y para dar. Sus manos extendidas (...) son manos que sólo bendicen, que lo dan todo sin esperar nada” (Ibid. pp. 132 – 136 y 151).
Nos fijamos globalmente en la figura... Su perfil recuerda a un chopo con sus ramas alzadas... a un gran árbol enraizado junto alas corrientes de agua y que no tiene que temer la sequía... Recuerda también la figura estilizada de un ciprés fijado a las rocas, permaneciendo firme ante la embestida del viento y la tormenta ... .El Señor me dirigió la palabra:- Antes de formarte en el vientre te escogí, antes de salir del seno materno te consagré y te nombré profeta de los paganos.
Yo repuse:
- ¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho.
El Señor me contestó:
- No digas que eres un muchacho que a donde yo te envíe, irás; lo que yo te mande, lo dirás. No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte -oráculo del Señor-.
El Señor extendió la mano, me tocó la boca y me dijo:
- Mira, yo pongo mis palabras en tu boca, hoy te establezco sobre pueblos y reyes, para arrancar y arrasar, destruir y demoler, edificar y plantar.
Luego añadió:
- Y cíñete, en pie, diles lo que yo te mando. No les tengas miedo; que si no, yo te meteré miedo de ellos. Yo te convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce frente a todo el país. (Jeremías 1, 4-10-17-19)
Antes de leer, fíjate en la actitud de los personajes. Observa su rostro, mira sus manos…
Contempla cada personaje, evoca la relación de cada uno con el Señor.
¿De dónde procede esa esperanza que transmiten, esa confianza que expresan en el rostro?
¿Te podrías identificar con alguno de ellos?
¿Dónde pones la confianza y la paz?
¿Qué oración te brota después de esta contemplación?
El personaje central: Jesús
Cristo aparece como el personaje central y principal, incluso dimensionalmente; los demás personajes son mucho más pequeños. Pero lo que más llama la atención del espectador es la luminosidad del cuerpo de Jesús: los otros personajes y la decoración tienen colores intensos u oscuros, en cambio el cuerpo de Cristo se destaca sobre un fondo negro con franjas rojas. Según M. Boyer, que remite a la obra de Portal, el negro es el símbolo de la contradicción, el pecado y la muerte; el rojo, es el símbolo del amor divino. Sobre este fondo negro y rojo se destaca el Cristo luminoso y magníficamente aureolado, que induce a pensar en lo que Él dice de sí mismo: «Yo soy la Luz del mundo» (Jn 9,5), y en las palabras del prólogo del cuarto evangelio: «La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre... y la luz brilla en las tinieblas» (Jn 1, 9 y 5). El Cristo de San Damián aparece sobre todo como la luz que brilla en las tinieblas que lo rodean; quienes reciben esa luz, se hacen hijos de Dios (Jn 1,12), tienen la vida, porque Cristo es «la Vida y la Luz de los hombres» (Jn 1,4), y, por tanto, han visto su gloria, «gloria que recibe del Padre como Hijo único» (Jn 1,14). El cuerpo de Cristo es luminoso, la tela que lo cubre desde la cintura a las rodillas es blanca, la aureola es dorada. El único color visible sobre el cuerpo de Jesús es la sangre que brota a hilillos de las manos, los pies y el costado derecho, como para derramarse sobre los asistentes que se tornan así partícipes del combate del Salvador.
Contempla al Cristo resplandeciente sobre el fondo negro (contradicción, pecado) y rojo (amor divino). Recuerda la Palabra “La luz brilla en las tinieblas” “Yo soy la luz del mundo”
¿Qué tinieblas, qué oscuridad te amenaza, te pesa?
El Señor es la luz y la vida, quien recibe su luz se hace hijo de Dios. ¿De qué manera ha sido Cristo luz para ti? Déjate iluminar por su vida, por su amor.
La cabeza de Cristo merece especial atención. No tiene corona de espinas ni sangre; si la palidez del cuerpo hace pensar en un cadáver, el tono más oscuro del rostro, la ausencia de llagas y sangre y, sobre todo, los grandes ojos abiertos demuestran que se trata de un ser vivo; los largos cabellos y la barba subrayan todavía más el rostro viviente. Como en todos los crucifijos sirios, Jesús está vivo, a pesar de la llaga del costado que significa la muerte; sus ojos apacibles y serenos, unos ojos contemplativos que miran a lo lejos sin detenerse en un objeto o una persona concretos, fijan la mirada, más allá de lo terreno, en Aquel que no le abandona nunca: «El Padre y yo somos una sola cosa» (Jn 10,30; 17,22); «El Padre está en mí y yo en el Padre» (Jn 10,38; 14,11; 17,21); «No estoy solo, porque el Padre está conmigo» (Jn 16,32).
El Hijo, que jamás se separa del Padre, ha venido sin embargo en medio de los hombres y ha muerto por ellos, para reconducirlos al Padre y glorificar al Padre: «Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar» (Jn 17,4). A su vez, el Padre glorifica al Hijo: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo» (Jn 17, 1 y 5); «Es mi Padre quien me glorifica» (Jn 8,54). Así, a pesar de la presencia de sangre, la cruz se ha convertido en trono donde Jesús aparece tranquilo y majestuoso, digno y sereno, unido al Padre en una paz que resplandece en todo su ser, verdadero Dios y verdadero hombre. Pero hacía falta la cruz para que pudiéramos captarlo: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy» (Jn 8,28). Esto es lo que expresa el icono de San Damián, y lo que experimentan quienes lo contemplan de verdad.
Ante el dolor y el sufrimiento, la paz que procede de mirar más allá, a Aquel que no abandona.
La serenidad de Cristo procede de su confianza y abandono en el Padre, sabe quién tiene la última palabra.
“No estoy solo porque el Padre está conmigo”.
Trae alguna situación de dolor y sufrimiento, contempla el rostro de Cristo. Déjate inundar por su serenidad y confianza. El Señor te dice: “no temas, no estás solo, yo estoy contigo”
¿Qué oración me brota al Señor después de la contemplación?
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